miércoles, 16 de marzo de 2016
CAPITULO 6 (PRIMERA PARTE)
Avanzó lentamente por la gravilla hasta la parte delantera de la casa y detuvo el coche.
—¿Hola? —llamó cuando se apeó. Pero no recibió respuesta. Miró a su alrededor durante un momento, y tuvo la inmemorial sensación de estar siendo observada, aunque no veía a nadie. Probablemente fuera su imaginación. Se estiró y aspiró el aire fresco. ¡Sin duda no estaba en Nueva York!
Probó a abrir la puerta delantera del caserón, y no estaba cerrada con llave. Entró con indecisión y se encontró en una enorme sala de estar con una chimenea a la izquierda. Los muebles estaban dispuestos con mucho gusto. La mezcla de estilos, que abarcaban desde el mueble rústico al tapizado de felpa eduardiano, con algo de art déco aquí y allá, parecía haber ido acumulándose a lo largo de generaciones. Las telas estaban en buen estado no siendo exactamente nuevas, pero su desgaste llegaba para sugerir un uso cotidiano. El gran sofá de brazos redondeados invitaba a sentarse.
En su condición de artista, Paula dio el visto bueno a la estancia. Parecía como si todo hubiera ido reuniéndose a lo largo de ochenta o más años, o que fuera obra de un
decorador realmente genial.
Junto a la chimenea había una puerta, y Paula la cruzó para entrar en un comedor que debía de tener más de nueve metros de largo. En un extremo había una mesa larga, pero en la habitación se podría haber celebrado cualquier evento que conviniera a un salón de banquetes.
—Arturo y todos sus caballeros habrían encajado aquí —dijo en voz alta.
Entonces oyó abrirse y cerrarse una puerta a su izquierda.
Cruzó la puerta doble en dirección al ruido y entró en un invernadero largo y estrecho con tres de las paredes y el techo de cristal. Unas persianas hechas de finas varillas de bambú protegían la pieza del exceso de sol.
En un extremo había unos acogedores sillones puestos en círculo, una vez más de estilos y telas diferentes que habían sido hábilmente escogidos para dar la impresión de discordancia, aunque combinaban perfectamente unos con otros.
Los muebles estaban rodeados de plantas. Las había de varias clases, aunque en su mayoría eran orquídeas, cientos de ellas. Colgaban del techo, en tiestos de madera cuadrados en los que asomaban las raíces blancas y verdes y se arqueaban las hojas gráciles y largas, y cubriéndolo todo los tallos de orquídeas exóticas de vivos colores. Un banco recorría todo el perímetro de la estancia cubierto de una variedad de plantas en tiestos. Los etéreos helechos se acurrucaban entre las flores exóticas.
Jamás había visto semejante variedad de orquídeas. Había unas grandes y anchas que parecían mariposas gigantes y cuyos colores iban desde el fucsia brillante a un blanco cegador. Unas flores diminutas, algunas con manchas, se arracimaban en otros tallos. Vio unas grandes flores chillonas, de las que solían llevar en los hombros las señoronas en época del presidente Eisenhower.
En el suelo había unos enormes tiestos, algunos tan grandes que se necesitaría una grúa para moverlos. De ellos se desparramaban en cascada miles de flores hermosas.
Debajo del estante, completamente a la sombra, había unas floraciones de aspecto extraño que tenían una bolsa en la base y unos pétalos de color morado oscuro y verde.
Paula dio lentamente la vuelta a la habitación para mirarlo todo.
—¡Bellísimo! Realmente impresionante —dijo, cuando pareció que no daba con las palabras.
—Transmitiré el cumplido a Pedro.
Paula se volvió y vio a su amiga salir de entre las plantas, y durante un instante todo fueron gritos y abrazos.
—¡Estás fantástica!
—¡Tú también!
—¿Has adelgazado?
—¡Me encanta cómo te sienta ese color!
Siguieron abrazándose, sinceramente contentas de verse.
Se habían conocido en su primer día de universidad cuando les asignaron la misma habitación, y desde entonces no se habían separado. Habían compartido un dormitorio y luego un piso, primero las dos solas, y luego se les había unido Sofia. Las tres habían formado un gran equipo, cada una con su pasión en una parcela del arte, cada una con una personalidad diferente.
Mientras que el único amor de Karen era la joyería, a Paula solo le interesaba crear. Era la única que utilizaba la vieja máquina de coser de su madre para confeccionar cortinas. Y lo sabía todo sobre las varillas necesarias para colgarlas.
«Cortesía de la Ferretería Chaves» era un comentario frecuente en el minimalista piso de las tres chicas. Sofia
acostumbraba decir que si Paula tenía su caja de herramientas a mano, podía arreglarlo todo.
En ese momento, las dos mujeres, con las manos en los hombros de la otra, no dejaban de mirarse.
—¡Todo el verano! —exclamó Karen—. ¡No me lo puedo creer! ¡Has traído suficiente papel? ¿Bastante pintura?
—Espero que sí. Pero si se acaba, ¿hasta dónde tengo que ir para conseguir más?
Karen dejó caer las manos y la miró con seriedad.
—Tienes que coger una avioneta hasta el gran aeropuerto, donde puedes tomar un avión espía y luego...
—De acuerdo, entono el mea culpa —respondió Paula, riéndose. Eran casi de la misma altura, aunque el pelo moreno de Paula era más corto que el castaño de su amiga.
Aunque ambas eran jóvenes y guapas, sus personalidades las hacían parecer muy distintas. Paula siempre daba la impresión de estar al borde de la carcajada, mientras que Karen era más seria. Aquella siempre había atraído a los hombres, pero su amiga a veces parecía ahuyentarlos. Si alguien hubiera sugerido trepar por un poste, Paula habría aceptado el desafío, pero Karen habría dicho: «Deja que haga algunos cálculos para ver si puedo hacerlo.» A Paula le gustaba la aventura; a Karen, triunfar.
—¿Hambrienta? —preguntó.
—Famélica.
—Nada ha cambiado. —Karen sonrió, incapaz todavía de creerse que su amiga estuviera realmente allí. Empezaron a dirigirse hacia el comedor.
—Detesto salir de esta habitación —dijo Paula, mirando por encima del hombro el invernadero y las orquídeas—. Estoy impaciente por venir a pintar aquí. He aprendido algunas técnicas nuevas para introducir luz en mi obra, y pienso dedicarles toda mi atención. ¿Quién creó este lugar?
—Pedro.
—Ah, vale. El médico de al lado.
Cruzaron el comedor, dejaron atrás la escalera y entraron en una gran cocina blanca. En el centro había una sólida mesa de roble que parecía haber sido puesta allí cuando se construyó la casa. Unos brillantes azulejos blancos de metro cubrían las paredes. Los electrodomésticos eran todos de gama alta... de hacía unos cuarenta años.
—He retrocedido en el tiempo —dijo Paula.
—¿Y no te sientes afortunada?
—Sí —admitió—. Quiero oír todo lo que ha ocurrido en tu vida últimamente.
—Pues yo igual —respondió Karen, mientras abría el frigorífico y sacaba una quiche, ensalada, aceitunas, espárragos en vinagreta y dos botellas de agua mineral con sabor a frambuesa.
—Excelente —dijo Paula—. ¿Lo has cocinado tú?
—Es del ultramarinos del pueblo, y, antes de que lo preguntes, tenemos tanto queso como pueda tener el ultramarinos más exquisito de Nueva York.
—¿Velveeta?
—Por supuesto. Somos del sur.
Sonriendo, Paula cogió un par de platos que había sobre la encimera.
—Podríamos comer ahí fuera, con las orquídeas de Pedro —propuso Karen, y su amiga ya tenía los brazos llenos de platos y comida antes de que hubiera terminado la frase.
Karen cogió una bandeja, la llenó y regresaron para sentarse entre las plantas.
Paula miró por la sala mientras empezaba a comer, reparando en la luz que entraba por las ventanas y modificaba los colores de las flores. Pensó en la manera de extender las capas de acuarela para lograr precisamente aquella tonalidad de rojo rosáceo.
—Mi piso es más pequeño que este invernadero, y sin duda no tan bonito.
—El marido de la señora Wingate lo añadió justo después de la muerte de su padre. Pero Pedro colocó las plantas aquí dentro y se ocupa de cuidarlas. Venía mucho aquí cuando era niño. Los Wingate jamás tuvieron hijos, así que en cierta manera Pedro y su hermana vinieron a llenar ese vacío.
—Algo bueno para todos —dijo Paula—. Está buena esta comida.
—No era lo que esperabas de este aldeorrio de Edilean, ¿verdad? —preguntó Karen.
—Después de todas las veces que he estado aquí, ya os conozco, y sé que os encanta comer. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta que conducía al interior de la casa—. Bueno, háblame del resto de las personas que viven aquí. Por favor, dime que nadie va a llamar a mi puerta a las dos de la madrugada queriendo charlar.
—Lo cierto —dijo Karen, y bebió un largo trago de agua— es que no conozco realmente todos los detalles. Llevaba años sin venir aquí hasta que empecé a hacer las gestiones para conseguir el apartamento. Ahora mismo, la señora Wingate está en su tienda del pueblo, y...
—¿Qué es lo que vende?
—Ropa de herencia.
—¿Y eso qué es? ¿Ropa vintage?
—Oh, no —dijo Karen—. Es un tipo de costura. No sé mucho al respecto, aunque... —Bajó la voz—. Hay una mujer que se llama Lucia en el apartamento que está enfrente del tuyo, y que se pasa el día cosiendo. Hace casi toda la ropa que vende la señora Wingate.
Paula se echó hacia delante.
—¿Y por qué estás susurrando?
—Lucia es una mujer muy solitaria. Creo que quizá padezca agorafobia, pero nadie dice nada.
—¿Le asusta salir de la casa? —preguntó Paula, también en un susurro.
—Eso creo. Aunque he estado aquí varias veces en las dos últimas semanas, jamás me he encontrado con ella, ni siquiera la he visto. Creo que permanece en su apartamento casi todo el tiempo.
Paula se reclinó en su sillón.
—Me parece estupendo. Lo último que deseo es relacionarme con gente este verano. Ya me tengo que relacionar bastante en mi vida real con Agustina.
—Hablando del rey de Roma, ¿cómo le va la luna de miel a tu jefa?
—¿Es que crees que me lo contaría? —replicó Paula—. El hecho de que sea la que saldó las deudas de su galería y empezó a exhibir artistas que venden de verdad, ¿es razón suficiente para que me cuente lo que está pasando? Y eso sin contar las tres veces que me tuvo en la galería hasta el amanecer, mientras lloraba por otro novio más que la había mandado a paseo. ¿Son esas razones suficientes para que me envíe una postal?
Karen se echó a reír. Le encantaba oír las historias de Agustina y sabía que eran una válvula de escape para las frustraciones de su amiga con su jefa.
—¿Existe alguna posibilidad de que pueda cerrar la galería para siempre?
—Espero que no, pero su padre me juró que, si lo hacía, me conseguiría un empleo en otra.
—A mí me vendría bien alguna ayuda —dijo Karen, esperanzada.
—¿Dos artistas en una pequeña tienda? No lo creo. Háblame de la señora Wingate. ¿Es una dulce ancianita?
—No tan ancianita. Andará por los cincuenta, calculo. Muy dulce, sí, pero también un lince en los negocios. Esta casa requiere muchos cuidados. Pedro dice que el único dinero que tiene la mujer procede de la tienda y los apartamentos que alquila. No es una labor fácil.
—Dijiste que había tres apartamentos. ¿Quién está en el tercero?
—De momento, nadie. Creo que está reservado para alguien, pero no sé quién. Estoy segura de que la señora Wingate te lo diría si le preguntaras. En realidad, confiaba en...
—¿Confiabas en qué?
—En que a Ruben le apeteciera utilizarlo mientras está aquí.
—Bueno, bueno, bueno —dijo Paula, que se metió una aceituna en la boca—. ¿Se trata de algo que no me contaste?
Karen sonrió abiertamente.
—Te lo oculté a propósito... durante veinticuatro horas enteras.
—¿Tanto? Creo que has roto el código de la hermandad. ¿Por qué necesitaría él un apartamento en su propio pueblo? Salvo por educación, no estoy en absoluto interesada en lo que ande tramando tu guapísimo hermano el viajero, aunque ardo en deseos de escucharlo.
Se sonrieron mutuamente en una completa armonía cimentada en años y años de charlas de madrugada, lloriqueos conjuntos sobre lo limacos que eran los hombres, risillas tontas y ruidosas carcajadas que les salían del alma. Y, en más de una ocasión, Karen había confesado su deseo de que Paula se convirtiera en su cuñada.
En los siete años transcurridos desde que Paula hubiera hecho una jugada para llamar la atención del hermano de Karen, ambas habían hablado de él a menudo. Karen siempre le hacía partícipe de cualquier noticia que su familia recibiera de Ruben. Había terminado sus estudios de Medicina, y como soltero sin familia que le retuviera, era libre para vagabundear por el mundo. Había trabajado para Médicos Sin Fronteras, montado una clínica en un lugar remoto de África y acudido a muchos desastres mundiales. Karen decía que eran pocos los helicópteros en los que no se hubiera subido su hermano. «Ellos le dicen, “ve”, y él dice “sí”», decía.
—Ruben va a regresar a Edilean dentro de dos semanas.
Paula no pudo reprimir su gran sonrisa. A pesar de varios novios y un romance serio, nunca había olvidado a Ruben. Por otro lado, Karen jamás había dejado que pasaran más de dos semanas sin hablarle de su hermano.
—¿Cómo lo conseguiste? —preguntó.
—Mamá se las arregló para aplastarle con una tonelada de sentimiento de culpa porque lleva fuera de casa más de dos años. Hasta ayer no me enteré de que por fin le había sometido. Va a volver a casa a ayudar a Pedro.
—Pedro de nuevo —dijo Paula—. ¿Y por qué tu primo médico necesita ayuda?
Karen agitó la mano.
—Es una larga historia. Ya te conté los problemas que habíamos tenido el año pasado.
—El mundo entero oyó hablar de los paisajes de CAY encontrados en la pequeña Edilean, Virginia. ¿Crees que tu amiga me dejaría exhibir algunos en la galería de Agustina?
—Estoy segura de que sí. Sara solo vendió unos pocos. Y le encantaría enseñártelos.
—¡Fabuloso! —exclamó Paula—. Estaría realmente encantada de verlos. ¿Pero qué tienen que ver con Ruben?
—Pedro, nuestro primo...
—Que vive en la casa de al lado, cultiva orquídeas, es médico y surge en nuestra conversación una frase sí y otra también...
—El mismo. Lo comprenderás cuando lo conozcas. Tiene... ¿qué puedo decir? Una presencia imponente. Le gusta a la gente.
—Eso es bueno en un médico. ¿Me vas a hablar de Ruben o no?
—Llevemos estas cosas a la cocina —sugirió Karen mientras empezaba a llenar la bandeja, y Paula la ayudó. Las tareas domésticas eran algo que habían hecho juntas muchas veces y cada una sabía lo que tenía que hacer.
Cuando la bandeja estuvo llena, Paula la llevó de vuelta a la cocina.
—Hace un par de meses... —empezó Karen, mientras metía los platos en el lavavajillas y Paula guardaba las aceitunas— se produjo un incidente. Cierto sujeto, un ladrón internacional en realidad, fue sorprendido cuando intentaba robar algo en la casa de Pedro.
—¿De qué se trataba? ¿De diamantes? ¿Oro? ¿Es que es tan rico?
—Ni de broma. Pedro no cobra muchas de las consultas. Sea como fuere, durante la refriega, resultó herido, le golpearon en la cabeza con algo y lo tiraron por una colina. Se rompió el brazo izquierdo (o tuvo una fisura, no estoy segura) y ahora lo tiene escayolado y en cabestrillo. La verdad es que no puede valerse del todo para seguir ejerciendo, así que su padre vino desde Sarasota para ayudarle. Cuando Ruben llegue aquí, él se hará cargo. Y se quedará hasta que Pedro pueda volver al trabajo.
—Qué amable por su parte. —No había nada que oyera sobre Ruben Alfonso que no le gustara.
—Bueno, además de primos son amigos, y Pedro también ayudaría a Ruben. Además, ya era hora de que mi hermano olvidara a Laura Chawnley y regresara al sitio que pertenece.
—¿Crees que Ruben podría quedarse en Edilean para siempre?
—¡Espero que sí! —respondió Karen categóricamente—. Vivimos en una constante preocupación por que no se vaya a matar en su siguiente intento de rescate. Acuérdate de la vez...
—¿Cuando descendió por un cable desde un helicóptero para recoger a aquel niño? Oh, sí.
Karen sonrió, y las lágrimas acudieron a sus ojos durante un momento.
—No tengo palabras para decirte lo estupendo que es tenerte aquí. Parece como si en los dos últimos años todas mis amigas se hubieran casado. Y en cuanto te casas, cambian tus intereses. Ahora, cuando le pregunto a alguna si quiere salir a tomar una copa, me mira como si estuviera loca. Solo quieren hablar de los pañales que absorban más.
Paula abrazó a su amiga sonriendo, y luego se apartó.
—Ahora estoy aquí, y de lo único que quiero hablar es de arte. Supongo que ese collar que llevas está hecho por ti.
Su amiga sonrió de oreja a oreja.
—Ramas de olivo. ¿Te gusta?
—¡Me encanta!
—Creo que deberíamos sacar tu equipaje del coche y llevarlo a la habitación. Y otra cosa...
—¿Sí? —Se detuvo y esperó, porque se dio cuenta de que Karen tenía algo serio que decirle.
—Hace un par de semanas, se me ocurrió una idea. No sé si querrás hacerlo o no. Sé que te gusta idear tú misma lo que pintas, así que siéntete libre para decir que no a esto.
—¿Qué es lo que tienes en la cabeza?
—Pensé que quizá podrías hacer algunas acuarelas de flores, digamos las orquídeas de Pedro, y yo haría que fotografiaran mis joyas con ellas. Tengo previsto empezar una campaña de publicidad a nivel nacional, y pondría «pinturas de Paula Chaves. Para más información...» y daría un número novecientos. ¿Qué te parece? ¿Te interesa?
Paula se quedó mirando a su amiga fijamente, asombrada.
—Sí —dijo—. Me sentiría honrada. ¿Cuántas pinturas? ¿Para cuándo?
Karen sonrió.
—Confiaba en que te gustaría la idea. Necesito una docena de acuarelas. Pensé que sería justo que pudieras hacer seis a juego con mis diseños, y luego yo podría hacer las joyas a juego con las otras seis pinturas que fueran ocurrencia tuya exclusivamente. ¿Te parece bien?
Paula le dedicó una sonrisa llena de cordialidad. La inspiración, pensó, era la base de todo lo que hasta entonces había creado el ser humano. La necesidad, un fin, ese era todo el fundamento que necesitaba un artista para inspirarse, ya fuera un escritor o un chef, ya un arquitecto.
Todo el arte provenía de lo que veían, sentían u oían. La joyería de Karen proporcionaría ideas a Paula, y sus pinturas impulsarían a Karen a crear. Esta vez fue el turno de Paula para que se le anegaran los ojos en lágrimas.
—Me gusta muchísimo tu plan —logró articular.
—Venga, vayamos a que deshagas el equipaje, y luego nos tomaremos unos margaritas en el jardín.
—¿Y qué ha hecho el distinguido doctor Pedro ahí fuera?
—Construyó un cenador.
—¿También le da a la carpintería?
Karen soltó una risotada.
—No. Tengo otro primo que se dedica a eso. Pero Pedro lo diseñó y lo plantó allí.
CAPITULO 5 (PRIMERA PARTE)
Mientras Paula conducía por la sinuosa carretera que conducía a Edilean, los árboles que sobresalían por encima le produjeron la sensación de estar atravesando un túnel oscuro y secreto. Era como si estuviera a punto de entrar a un lugar encantado, a un sitio que no pertenecía del todo al mundo real.
Se conminó a dejar de ser tan imaginativa. Daba igual las veces que visitara el pequeño pueblo que este jamás parecía cambiar; le seguía pareciendo que estuviera entrando en un lugar tan remoto y oculto como Brigadoon. De no haber sido por el permanente contacto con Karen y sus muchas visitas, habría dicho que era posible que Edilean no existiera realmente. Quizá fuera un lugar que se hubiera imaginado en aquel lejano verano en que se había salvado de estar en la ferretería durante dos maravillosas semanas dedicadas a la pintura.
El recuerdo de aquellas semanas acudió de nuevo a ella.
¡Qué manera de tirarle los tejos al hermano mayor de Karen!
Se avergonzaba solo de pensarlo incluso todavía. Gracias a Dios que él no había aceptado sus descarados ofrecimientos. En aquel momento, el sufrimiento del chico le había parecido romántico, pero desde entonces ella había pasado por la ruptura de una relación seria, y sabía que para nada había algo de romanticismo en lo que le había sucedido a Ruben.
En todas sus demás visitas, había ido en avión hasta Richmond y alguien la había ido a recoger. Esa era la primera vez que iba en coche hasta allí, y esta visita iba a ser para todo el verano. Pero llegara como llegase a Edilean, el sitio nunca dejaba de asombrarla y fascinarla.
Cuando el bosque de árboles se abrió, vio el principio del pueblo. Unas preciosas casitas flanqueaban la carretera, casi todas con unos porches delanteros profundos. Más que un depósito para cualquier cosa que no encajara dentro, los porches tenían sillones, y en algunos había personas que contemplaban el paso de los coches. Cuando redujo la velocidad a cuarenta kilómetros por hora, levantó la mano hacia un anciano y este le devolvió el saludo. Paula sabía que si se parase, el hombre le pediría que se «sentara a charlar» y le ofrecería un vaso de limonada casera.
Siguió conduciendo y llegó al «centro». Puesto que había pasado los últimos años en la ciudad de Nueva York, la idea de que aquel fuera el barrio comercial del centro se le antojaba casi irrisoria. Había una plaza rodeada de pequeñas tiendas que eran una auténtica monada, y otra con un viejo roble en el centro.
Cuando se detuvo en el único semáforo del pueblo, observó a la gente que paseaba por las pulcras calles; nadie parecía tener prisa. Los vio sonreír, saludarse con la mano, llamarse unos a otros por el nombre. Parecía haber cochecitos de niño a raudales, y las mujeres se detenían a contemplar los bebés rollizos y saludables de las otras.
«Que el cielo me asista», pensó Paula cuando cambió la luz del semáforo. Sabía que Karen amaba a su pueblo con una pasión rayana en la obsesión, pero Paula quería una ciudad.
Aunque en ese preciso instante tenía muchas ganas de estar en el pequeño Edilean. Tenía tres meses enteros para no hacer otra cosa que pintar. Trabajar en una galería de arte de una gran ciudad pagaba las facturas, pero no alimentaba su profundo deseo creador. No había nada como coger una hoja de papel y llenarla de formas y colores... o para el caso, de palabras; o coger un poco de cera y fundirla dentro de algo hermoso y luego moldear una joya con ella, como hacía Karen, o un trozo de arcilla para formar una criatura o una persona como era el caso con la amiga de ambas, Sofia.
Para Paula, crear belleza de la nada era el objetivo último de su vida, aquello por lo que siempre había luchado. Lo que más deseaba en el mundo era ser como Karen y encontrar la manera de ganarse la vida con sus creaciones. Tal vez durante esos tres meses fuera capaz de pintar algo que de hecho pudiera «vender».
Ensimismada como estaba pensando en lo que le esperaba, a saber, una temporada de no hacer otra cosa que no fuera crear, se pasó el pequeño rótulo de la calle. Cambió de sentido y regresó a Alfonso Road. No podía evitar sonreír cada vez que veía el nombre. Hacía unos doscientos años aquel sendero había sido bautizado así en honor de uno de los antepasados de Karen.
—La casa Alfonso no pertenece a la rama de mi familia, y no vivimos en esa calle —le había dicho Paula hacía mucho tiempo.
Tal vez no, pensó Paula, pero su familia seguía en el mismo pueblo.
Giró a la izquierda e inmediatamente tuvo la sensación de haber penetrado en una jungla..., que era lo que había hecho. Karen le había contado que en algún momento de la década de 1950 el gobierno de Estados Unidos había decidido convertir toda la zona en una reserva natural. Como quien no quiere la cosa —como si realmente el hecho no fastidiara a nadie—, dijeron a la gente de Edilean que tenían que abandonar la zona, y que todas sus casas, algunas construidas en el siglo XVII, habrían de ser demolidas. Los funcionarios estatales se sorprendieron cuando los habitantes alzaron sus voces y se negaron de forma pública y enérgica a marcharse y, por supuesto, a derribar ningún edificio.
Paula se había enterado de la historia de una tal miss Edi y de su lucha durante años, que finalmente la condujo a ganar la batalla y que se permitiera al pueblo conservar su integridad. Sin embargo, la pega fue que se permitió que la zona virgen rodeara al pueblo, lo que lo separó del resto del mundo hasta que, en opinión de Paula, quedó demasiado aislado.
Gracias a aquella batalla, que había sido ganada a duras penas en los tribunales, las familias que llevaban viviendo en Edilean desde hacía siglos siguieron conservando la propiedad de la tierra, que había quedado situada en medio de lo que en esencia era un parque nacional.
Mientras Paula avanzaba por Alfonso Road, tuvo la sensación de que era imposible que hubiera una casa al final de la calle. Al menos ninguna con agua corriente. Pero Karen le había asegurado que había dos. La primera era la casa Alfonso, donde vivía el médico local. Que era, por supuesto, primo suyo, y al cual, le juró su amiga, había conocido en su primera visita, aunque Paula no se acordaba.
En la cabeza de esta, aquel verano era una imagen borrosa donde se mezclaban Ruben y la pintura. Después de la casa del médico estaba la de la señora Wingate.
—Esa es nueva —le había dicho Karen por teléfono cuando Paula la llamó antes de partir—. Fue construida en 1926 por el difunto suegro de Olga Wingate, que vino aquí procedente de Chicago.
—Gente nueva, ¿eh?
—Por supuesto —había confirmado Karen con una ironía no exenta de firmeza—. Lo que no se establecieron en Edilean antes de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, son... —Hizo una pausa y esperó.
—¡Unos advenedizos! —dijeron al unísono, y se habían echado a reír.
—No sé cómo lo soportas —dijo Paula—. A mi padre le gusta alardear de que su abuelo abrió la ferretería en 1918. Piensa que la tienda es realmente antigua, pero
vosotros...
—Sí, lo sé —admitió Karen—, por estos andurriales somos un poco retrógrados, pero la semana pasada recibimos nuestra primera máquina de fax.
—Estás de broma, ¿no? —dijo Paula.
—Sí, es una broma. Bueno, ¿cuándo llegas?
—Pasado mañana. Debería estar ahí a eso de la una.
—Fantástico. Comeremos juntas.
—El Cracker Barrel me extrañará.
Habían colgado, riéndose.
Cuando le habían dicho que iba a tener todo el verano de vacaciones, Paula se quedó obnubilada. Su jefa había decidido cerrar la galería durante tres meses mientras ella y su flamante marido se daban un garbeo por Europa. Paula seguiría cobrando el salario base, sin comisiones por ventas ni bonificaciones por el trabajo bien hecho, pero le llegaba para arreglárselas, siempre que fuera muy frugal, claro está.
Además, había podido subarrendar su piso de Gramercy Park al primo de su cuñada, y eso ayudaba.
En cuanto le dieron la noticia, había llamado a Karen para decirle que iba a tener libre tres meses enteros, y que eso empezaba al cabo de dos semanas.
—¿Y qué es lo que vas a hacer? —le había preguntado Karen.
—No lo sé. Me da miedo decírselo a papá, porque querrá que vuelva a casa y trabaje en la ferretería.
—¿Y presentarte a jóvenes idóneos con cinturones de herramientas? —bromeó su amiga.
—No había caído en eso. ¡Eh! Tengo que llamar a papá. ¿Te acuerdas de aquel tío con el que perdí mi virginidad? Andaba por ahí sin camisa, con vaqueros y grandes botas. Quizá podría...
—Vente aquí —le había sugerido Karen.
—¿Te refieres a Edilean?
—¡Sí! Ven aquí y pinta. O dibuja. O suelda trozos de acero. Lo que sea. Ven a Edilean y hazlo durante todo el verano.
Paula sabía que tenía que pensarse un cambio tan grande, que debía considerarlo detenidamente, aunque nunca había sido de las que perdían el tiempo dándole vueltas a las decisiones.
—Sí —había dicho—. Eso es exactamente lo que me gustaría hacer.
Tras soltar un aullido de felicidad, Karen dijo:
—Me ocuparé de todo. Ah, la señora Wingate.
—¿Qué le pasa, quienquiera que sea?
—Tiene unos apartamentos fantásticos, y alguien me dijo que había uno disponible. Tengo que ir a su tienda y hablar con ella. Ahora. Te volveré a llamar. —Y había colgado.
Paula también había colgado su teléfono con una sonrisa. A Karen le gustaba precipitar las cosas, y Paula sabía que su amiga haría todos los preparativos.
A las nueve de la noche Karen volvió a llamar y le dijo que el acuerdo estaba cerrado.
—La señora Wingate tiene solo tres apartamentos... En realidad, técnicamente no son lo que se dice apartamentos, porque no tienen cocina, pero de todos modos te conseguí uno.
Su tono triunfal hacía que pareciese que hubiera librado una batalla con unos cuantos dragones.
—¿Fue difícil? —había preguntado Paula, sabiendo que su amiga se moría por contarle la historia.
—Espantoso, pero mi primo Pedro la convenció.
—¿Pedro? —había preguntado Paula, tratando de recordar quién era. Todo el mundo en Edilean parecía ser pariente de Karen.
—Es nuestro médico y vive al lado de la señora Wingate. Te he contado montones de cosas sobre él, y le conociste.
—Tendré que verlo de nuevo antes de poder acordarme —había dicho Paula—. ¿Y qué le dijo para convencerla?
—La señora Wingate es como una segunda madre para Pedro, así que tiene mucha influencia sobre la mujer. Además, ella le iba a alquilar el piso a un hombre de ochenta y dos años. Pedro le dijo que tendría que llevarle el desayuno a la cama.
—¿Quieres decir que a mí no me lo servirá? ¿Que no habrá bandejas con brioches y mermelada casera?
—Ni hablar del peluquín. Pero sí que tienes el privilegio de compartir la cocina.
—Eso es estupendo, sabiendo como sabes lo gran cocinera que soy.
—¿Sigues echándole patatas fritas encima a todo? —le había preguntado su amiga.
—Vivo en Nueva York. Ahora desmigajo una rosca de pan encima.
Mientras conducía, Paula sonrió al recordar la conversación.
A su izquierda, a través de los árboles, vio una casa. Estaba bastante apartada de la carretera y tenía delante un estanque, o puede que un lago. Al comienzo del camino de acceso había un cartel: DOCTOR PEDRO ALFONSO.
Paula se detuvo y comprobó las direcciones que Karen le había enviado. «Deja atrás la casa de Pedro y sigue hasta el final de la carretera y verás la de la señora Wingate. Aparca delante; estaré allí para recibirte.»
Paula empezó a conducir de nuevo, aunque no pudo evitar preguntarse si no sería posible que Karen se hubiera equivocado, porque los árboles parecían juntarse cada vez más. Podría creerse que el mundo acababa en Alfonso Road. Pero entonces tuvo que tomar una curva cerrada a la izquierda, y el lugar se abrió de una manera sorprendente.
Ante ella apareció una gran casa blanca de dos plantas, con postigos marrones en las ventanas y un tejado verde con ventanas abuhardilladas. Rodeada por una extensión de césped perfectamente segado, allí crecían unos enormes árboles de extensas copas que parecían más propios de un jardín botánico.
CAPITULO 4 (PRIMERA PARTE)
Entró en su dormitorio, accionó el interruptor de la luz y se dirigió al espejo. Metió la mano por detrás y sacó una foto.
Era vieja y estaba un poco desvaída, y en la imagen había una mano que sobraba, perteneciente a la rubia que estaba reclinada en lo alto de la gran roca. Pero la antigüedad y estado de la foto le recordaron la cantidad de tiempo que llevaba intrigado por la señorita Paula Chaves.
Desplegó la foto y miró a las dos jóvenes. La rubia era sin duda preciosa, y tenía el físico de una chica de calendario de la década de 1950, grande por arriba y por abajo y con una diminuta cintura en el medio. Tenía un rostro bonito, de tez pálida y rosácea, con ojos azules claros y labios carnosos.
Pero Pedro nunca se había sentido atraído por aquella chica y volvió a doblar la foto.
Se estiró sobre su cama, sostuvo la foto en alto y miró a Paula. Se la había enviado Karen, junto con otras muchas, al poco tiempo de haberla conocido. Había conservado esa para recordar los breves momentos pasados con ella. Sí, por supuesto, tenía una pinta fantástica en biquini, larga y estilizada, aunque era más que eso. Tenía un cuerpo que parecía capaz de realizar actividades deportivas, como montar en bicicleta por los senderos de la reserva natural. O conducir un quad hasta la cabaña de su primo Ramon para ir a pescar.
Le gustaba su cuerpo por todo eso, y estaba fascinado por su cara. Tenía una expresión risueña en los ojos que siempre le había gustado; parecía alguien que podría echarse a reír aun cuando las cosas se pusieran duras.
¡Y si había algo que Pedro necesitaba en su vida era reírse a mandíbula batiente!
Le encantaba ser médico y ayudar a la gente, y sabía que había salvado algunas vidas. Pero cuando llegaban las analíticas y mostraban que una persona que le importaba tenía cáncer en grado IV, su trabajo ya no le gustaba tanto.
En los últimos años había querido volver al hogar, no a una casa vacía, sino junto a alguien con quien pudiera «hablar».
Alguien que le comprendiera y escuchara.
Pero, pese a todas las mujeres con las que había salido, no había encontrado una mujer así. Había montones de ellas que dejaban claro como el agua que les gustaría casarse con él, pero siempre había tenido la sensación de que lo querían no por quién sino por lo que era. Parecían pensar más en ser la esposa de un médico que en serlo del propio Pedro.
Pocos años atrás había estado a punto de creer a una de ellas. Habían salido durante un año y las relaciones sexuales habían sido buenas. La había conocido en una fiesta, era de Virginia Beach, estaba licenciada en empresariales y vendía productos farmacéuticos. Era una mujer inteligente e interesante. Después de que hubieran pasado varios meses juntos, Pedro había considerado la posibilidad de pedirle que se casara con él. Pero entonces, por esas cosas del azar, la había oído hablar por teléfono con su amiga sobre el tamaño del anillo que probablemente le iba a regalar. «Estoy segura de que puede permitirse por lo menos tres kilates —había dicho—. Te aseguro que estoy impaciente por meterle mano a esa vieja casucha suya. Aunque solo la utilicemos en vacaciones, no soporto ese lugar.»
Pedro se había adelantado y dejado que lo viera. Había escuchado sus excusas y disculpas, pero la mujer se había dado cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos. Le dejó aquella noche, y Pedro no la había vuelto a ver desde entonces.
De ahí en adelante, no había habido nadie serio; de hecho, en los dos últimos años cada vez había salido con menos chicas.
Era muy consciente de que en el pueblo ahora se decía que jamás se casaría, que era un solterón empedernido. Y una parte de él había empezado a creérselo.
Pero en los últimos años, uno a uno, sus primos de edad aproximada a la suya se habían ido casando, y ya tenían hijos. Ya no quedaba ninguno con quien salir a tomarse una cerveza. Todos los hombres estaban tan recién casados que seguían queriendo quedarse en casa con sus mujeres y sus bebés. O al menos esa era la excusa que Pedro les buscaba.
Que hubieran escogido bien sus parejas era algo en lo que ni siquiera quería pensar.
Pedro bromeaba permanentemente sobre lo tranquila que era su casa, pero no engañaba a nadie.
Volvió a mirar la foto de Paula. Unos años atrás, su hermana Andrea se había enfadado al contarle que había roto con una joven que a ella le había gustado.
—¿Sabes cuál es tu problema, Pedro? —le había dicho, con las manos en las caderas. Estaba desayunando en casa de su hermana y su sobrina Noelia estaba a su lado.
—No, pero tengo la impresión de que me lo vas a decir. —Lo dijo sin levantar la vista del periódico.
—Que nunca te has tenido que esforzar para conseguir una chica. ¿Conoces siquiera el significado de la palabra esfuerzo?
Pedro consideró que la afirmación de su hermana era absurda. La miró por encima del periódico.
—¿Te refieres a la mujer que llevé a dar un paseo en globo? ¿O por la que volé a Nueva York a pasar un fin de semana de tres días? ¿O...?
Andrea sacudió la cabeza.
—Sí, ya sé. Eres el señor Encanto en persona. Las mujeres le echan un vistazo a esa jeta tan bonita tuya y a ti te encanta volverlas locas reforzando sus fantasías sobre ti.
Pedro había bajado el periódico y mirado a Noelia.
—¿Tienes idea de lo que está hablando tu madre?
A la sazón, Noelia tenía solo seis años, y siempre había sido un poco adulta. La niña asintió solemnemente con la cabeza.
—Mi profe dice que eres el hombre más guapo que ha visto nunca, y me pidió que le diera el número de tu móvil.
—¡Lo ves! —insistió Andrea—. Es de eso de lo que estoy hablando.
Pedro había seguido mirando a su sobrina.
—¿Te refieres a la profe pelirroja o a la morena de pelo largo?
—A la morena —dijo Noelia, dándole un mordisco a su tostada.
—Ah. —Había dicho Pedro, que volvió a coger el periódico—. Sonríele, pero no le des mi número. Si te lo pide la pelirroja, dáselo.
—¡Noelia! —dijo Andrea—. No te atrevas a darle el número de tu tío a nadie. Y tú, Pedro, si no dejas de tontear, vas a acabar como un solterón cincuentón viviendo con un montón de gatos. ¿Es que no quieres tener una familia?
Él había vuelto a bajar el periódico, pero esa vez su expresión fue de seriedad.
—Estoy abierto a todo tipo de sugerencias, así que, por favor, dime cómo encontrar a una mujer que puede ver más allá de sus fantasías de casarse con un médico. ¿Esa mujer que te gustaba tanto? No quería vivir en Edilean. Y me sugirió vehementemente que me trasladara a Nueva York y me hiciera cirujano plástico para poder ganar dinero de verdad.
—Ah —había dicho Andrea, mientras se sentaba en el extremo de la mesa—. Esa parte no me la contó.
Pedro se bebió su zumo de naranja y le dijo a Noelia que hiciera lo mismo.
—Andrea—había dicho—. Estoy más que dispuesto a resolver ese problema. Pero parece que no puedo cambiarme. Al contrario de lo que la gente parece creer de mí, me gustan las mujeres inteligentes, esas con las que uno puede mantener realmente una conversación. Pero todas las mujeres así con las que he salido me piden que deje este pueblo de mala muerte y empiece a ganar mucho dinero.
—No sabía nada de eso —había dicho Andrea. Levantó la cabeza—. Todo lo cual hace que lo que he dicho sea más cierto. Tienes que encontrar a una mujer que no piense que eres la respuesta a todos sus problemas. Encuentra a una mujer que no te quiera, y luego ve a por ella.
—Pero si no me quiere, ¿por qué habría de perseguirla? —había preguntado Pedro con desconcierto.
—Mírame —le dijo su hermana—. Cuando conocí a Armando, era la última persona que deseaba. ¿Un mecánico de coches que quería ser militar? ¡Jamás! Pero míranos ahora.
Pedro miró a su preciosa sobrina y pensó en lo mucho que envidiaba a su hermana
Ella y su marido eran una pareja tan feliz como no había visto en su vida.
—Estoy dispuesto —había dicho—, pero ¿cómo la encuentro?
—Ponte una máscara —terció Noelia, y cuando los dos adultos la miraron, añadió—: Ponte una máscara horrible, tío Pedro.
Andrea y Pedro se habían echado a reír con tantas ganas al oír lo que había dicho, que la tensión desapareció.
Algunas semanas más tarde, Pedro conoció a otra mujer que le gustó. Consideraba que se había esforzado con ella, pero quizá su hermana tuviera razón, porque nunca había tenido la sensación de estar luchando para conquistarla. La ruptura se produjo cuando averiguó que la mujer había dejado de tomar sus anticonceptivos.
Pedro volvió a mirar la foto. Paula había permanecido en su pensamiento a lo largo de todo ese tiempo. Tal vez los escasos momentos que estuvieron juntos en el patio de los padres de Karen no hubieran significado nada para ella, pero para él habían representado muchísimo. A Paula no le había impresionado la profesión de Pedro, y no se había dejado subyugar por lo guapo que era. Ella le había calado, había mirado en su interior, y le había hecho preguntas acerca de él como hombre. A Pedro se le ocurrió que a Paula le habría dado lo mismo que él hubiera estado desfigurado.
Andrea decía que jamás se esforzaba por conquistar a una mujer, y eso era lo único que había hecho con Paula. Pero había fracasado. Todos sus intentos de volver a verla se habían quedado en nada.
Bueno, ¿y de qué narices iba ese asunto de Ruben Alfonso? ¿Qué tenía él que ver con Paula? ¿Y por qué Karen había mantenido en secreto lo que quisiera que hubiera ocurrido —ese «algo»— durante todos estos años?
Pedro miró su brazo escayolado con asco. ¿Cómo iba a conquistar el afecto de una mujer con aquel lastre envolviéndole? Ruben iba por el mundo salvando a la gente de manera espectacular ¿Cómo podría competir con eso? Sabía por experiencia que los hombres incapacitados tienden a sacar la enfermera que las mujeres llevan dentro.
Pero Pedro no quería una enfermera, quería...
Quería conocer a Paula como hombre, con todas sus facultades en pleno funcionamiento.
Había mentido a Karen cuando le dijo que no recordaba lo del crucero que sus padres estaban planeando hacer; su padre había rezongado al respecto sobradamente.
A Pedro le había encantado la idea. Si su padre se marchaba, eso significaba que podría regresar a su consulta, aunque siguiera con el brazo escayolado. Pero Pedro no se había enterado de que su madre —estaba seguro de que había sido ella— se hubiera puesto en contacto con Ruben y lo hubiera convencido para que regresara.
Cogió su móvil y abrió el calendario para comprobar las fechas. Disponía de poco tiempo entre la marcha de su padre y la llegada de Ruben. Pero con escayola o sin ella, iba a reunirse con Paula el día que ella llegara.
¡Y esta vez se iba a asegurar de que lo recordara!
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