miércoles, 30 de marzo de 2016

CAPITULO 2 (SEGUNDA PARTE)




Tal vez hizo algún sonido mientras lo observaba, porque él se volvió para mirarla.


Paula se apresuró a esconderse tras un árbol, lista para protegerse de cualquier proyectil, pero no sucedió nada. Al cabo de un momento, decidió que no quería seguir pareciendo una gallina, así que salió de detrás del tronco.


El chico caminó despacio hasta ella, que a su vez se preparó para salir corriendo. Sabía muy bien que no debía dejar que los chicos se acercaran después de haberles tirado algo. 


Todos se enorgullecían muchísimo de la rapidez de sus brazos.


Contuvo el aliento cuando se acercó tanto que supo que ya no podría huir.


—Siento haber cogido tu libro —se disculpó el chico en voz baja—. Me lo prestó el señor Bertrand, así que no sabía que era de otra persona. Y tampoco sabía que este árbol era tuyo. Lo siento.


Paula se quedó tan sorprendida que ni siquiera pudo hablar. 


Su madre decía que los hombres desconocían el significado de la expresión «Lo siento». Pero ese sí se disculpaba. 


Cogió el libro que el chico le devolvía y lo observó alejarse en dirección a la mansión.


Estaba a medio camino cuando por fin logró moverse.


—¡Espera! —gritó, y se quedó pasmada al ver que se detenía.


Ninguno de sus primos la obedecía jamás.


Se acercó a él con el libro firmemente sujeto contra el pecho.


—¿Quién eres? —le preguntó.


Si contestaba que era un visitante de otro planeta, no la sorprendería en lo más mínimo.


—Pedro... Alfonso —contestó—. Mi madre y yo llegamos anoche, muy tarde. ¿Quién eres tú?


—Paula Chaves. Mi madre y yo nos hospedamos allí —dijo, y señaló con un dedo—, mientras mi padre y mi hermano pescan en Montana.


Pedro asintió con la cabeza, como si lo que Paula acababa de decir fuera muy importante.


—Mi madre y yo nos alojamos allí. —Señaló a su vez, en dirección al apartamento situado en el otro lado de la mansión—. Mi padre está en Tokio.


Paula jamás había oído hablar de ese lugar.


—¿Vives por aquí cerca?


—No, no en este estado.


Paula lo miraba y pensaba que se parecía mucho a un muñeco, porque no sonreía y tampoco se movía mucho.


—Me gusta el libro —añadió—. Jamás había leído nada parecido.


Paula desconocía que los chicos leyeran algo que no tuvieran que leer por obligación. Salvo su primo Tomas, pero él leía sobre gente enferma, así que eso no contaba.


—¿Qué sueles leer? —quiso saber.


—Libros de texto.


Paula esperó a que él añadiera algo más, pero Pedro se mantuvo en silencio.


—¿Qué lees para divertirte?


Lo vio fruncir levemente el ceño.


—Me gustan mucho los libros de ciencias.


—¡Ah! —exclamó ella.


En ese momento, Pedro pareció comprender que debía añadir algo más.


—Mi padre dice que mi educación es muy importante y mi tutor...


—¿Qué es un tutor?


—El hombre que me da clases.


—¡Ah! —repitió Paula, que no sabía de qué estaba hablando Pedro.


—Recibo clases en casa —le explicó él—. Mi colegio es la casa de mi padre.


—No parece muy divertido —comentó Paula.


Pedro sonrió un poco por primera vez.


—Doy fe de que no es muy divertido.


Paula no sabía qué significaba «dar fe», pero lo suponía.


—A mí se me da bien divertirme —le afirmó con su mejor voz de adulta—. ¿Quieres que te enseñe cómo lo hago?


—Me gustaría mucho —contestó él—. ¿Por dónde empezamos?


Paula reflexionó un instante.


—En la parte de atrás hay un montón de tierra enorme. Te enseñaré a subirlo y a bajarlo en mi bici. Puedes bajar soltándote de las manos y de los pies. ¡Vamos! —gritó al tiempo que echaba a correr.


Sin embargo, cuando miró hacia atrás al cabo de un momento, Pedro no la seguía. Regresó junto al árbol y lo encontró en el sitio donde lo había dejado.


—¿Tienes miedo? —le preguntó con sorna.


—Pues no, pero nunca me he subido en una bici y creo que eres demasiado pequeña para enseñarme cómo hacerlo.


A Paula no le gustaba que le dijeran que era demasiado pequeña para hacer nada. Por fin hablaba como todos los chicos.


—Nadie te enseña a montar en bici —le respondió, a sabiendas de que estaba mintiendo. Su padre había pasado muchos días sujetándole la bici mientras ella aprendía a guardar el equilibrio.


—Vale —claudicó él con solemnidad—. Lo intentaré.


La bici era demasiado baja para él y la primera vez que se montó, acabó dándose de bruces contra el suelo. Se levantó y se quitó la tierra de la boca mientras Paula lo observaba. 


¿Sería uno de esos chicos que iban corriendo a lloriquearles a sus madres?


No lo era. Se limpió la boca con la manga de la camisa y después sonrió de oreja a oreja.


—¡Hurra! —gritó al tiempo que se subía de nuevo a la bici.


A la hora de la comida, ya bajaba el montón de tierra más rápido de lo que Paula se atrevía a hacer y levantaba la rueda delantera como si tuviera que saltar un obstáculo.


—¿Qué tal lo hago? —le preguntó después de su descenso más rápido.


No parecía el mismo chico que Paula había visto por primera vez sentado en el árbol. Tenía la camisa desgarrada en un hombro y estaba sucio de la cabeza a los pies. Le estaba saliendo un moratón en una mejilla, allí donde se había rozado con el tronco de un árbol después de evitar un choque frontal. Tenía sucios hasta los dientes.


Antes de que Paula pudiera contestar, Pedro miró por encima de su hombro y se tensó, convirtiéndose en el chico de antes.


—Madre... —dijo.


Al volverse, Paula vio a una mujer bajita. Era muy guapa en términos puramente maternales. Se parecía mucho a su hijo, pero en vez de tener las mejillas sonrosadas, parecía una versión descolorida y ajada de Pedro.


Sin decir una palabra, la recién llegada se colocó entre ellos y miró a su hijo de arriba abajo.


Paula contuvo el aliento. Si la mujer le decía a su madre que Pedro se había ensuciado por su culpa, la castigaría.


—¿Le has enseñado a montar en bici? —le preguntó la señora Alfonso.


Pedro se colocó delante de Paula, como si quisiera protegerla.


—Madre, solo es una niña. He aprendido yo solo. Iré a lavarme. —Y dio un paso hacia la casa.


—¡No! —exclamó la señora Merritt, y él se volvió para mirarla. Su madre se acercó a él para abrazarlo—. Jamás te he visto mejor. —Lo besó en una mejilla y después sonrió mientras se quitaba la tierra de los labios y miraba a Paula—. Y tú, jovencita... —dijo, pero se detuvo. Acto seguido, se inclinó y abrazó a Paula—. Eres una niña maravillosa ¡Gracias!


Paula la miró, asombrada.


—Seguid jugando. ¿Qué os parece si os preparo la merienda y hacéis un picnic aquí fuera? ¿Te gusta la tarta de chocolate?


—Sí —contestó Paula.


La señora Alfonso dio dos pasos hacia la casa, y Paula gritó:
—¡Necesita su propia bici!


La mujer miró hacia atrás y Paula tragó saliva. Jamás le había dado una orden a un adulto.


—Es que... —añadió en voz más baja—. Es que mi bici es pequeña para él. Y los pies le arrastran.


—¿Qué más necesita? —quiso saber la señora Alfonso.


—Un bate de béisbol y una pelota —respondió Pedro.


—Y un pogo saltarín —añadió Paula—. Y un... —Dejó la frase en el aire al ver que la señora Alfonso levantaba una mano.


—Mis recursos son limitados, pero veré lo que puedo hacer. 
—Regresó a la casa y, al cabo de unos minutos, volvió con bocadillos y limonada. Más tarde, regresó con dos enormes trozos de tarta de chocolate recién horneada. Para entonces, Pedro ya hacía el caballito, y lo observó con una mezcla de asombro y terror—. Pedro, ¿quién iba a pensar que eres un atleta innato? —preguntó, maravillada, tras lo cual volvió a la casa.


A primera hora de la noche, llegó Benjamin, el tío de Paula y el padre de su primo Ramiro.


—¡Jo, jo, jo! —gritó—. ¿Quién ha pedido un día de Navidad en julio?


—¡Nosotros! —chilló Paula, y Pedro la siguió mientras ella corría hacia el coche de su tío.


El tío Benja sacó una flamante bicicleta azul del maletero.


—Me han ordenado que le entregue esto al chico más sucio de Edilean. —Miró a Pedro—. Creo que ese eres tú.


Pedro sonrió. Aún tenía tierra en los dientes y en el pelo, al que se le había pegado.


—¿Es para mí?


—De parte de tu madre —añadió el tío Benja, que señaló con la cabeza hacia la puerta.


La señora Alfonso se encontraba en el umbral y a Paula le pareció que estaba llorando. Pero eso no tenía sentido. Una bicicleta hacía reír a la gente, no llorar.


Pedro corrió hacia su madre y le arrojó los brazos a la cintura.


Paula lo contempló, pasmada. Ningún chico de doce años que ella conociera haría jamás algo semejante. No era guay abrazar a tu madre delante de otras personas.


—Un buen chico —comentó su tío Benja, y Paula se volvió para mirarlo—. No se lo digas a tu madre, pero me he pasado por vuestra casa y he limpiado un poco. ¿Reconoces algo de esto? —Tiró de una caja que también llevaba en el maletero y la inclinó para que Paula viera el contenido.


Descubrió cinco de sus libros preferidos, su segunda muñeca predilecta y un kit para hacer abalorios. En el fondo estaba su saltador.


—Lo siento, no hay pogo saltarín. Pero he traído algunos bates viejos de Ramiro y algunas pelotas.


—¡Gracias, tío Benja! —exclamó, tras lo cual siguió el ejemplo de Pedro y lo abrazó.


—De haber sabido que iba a conseguir un abrazo, te habría comprado un poni.


Paula puso los ojos como platos.


—No le digas a tu madre que he dicho eso o me despellejará vivo.


Pedro se había apartado de su madre y contemplaba su bici nueva en silencio.


—¿Crees que sabrás montarla? —le preguntó el tío Benja—. ¿O solo eres capaz de montar una bici pequeña de niña?


—¡Benjamin! —exclamó la madre de Paula mientras salía para ver qué estaba pasando.


El señor Bertrand seguía en el interior. Según decían, jamás salía de casa. El padre de Paula dijo en una ocasión que era tan perezoso que ni siquiera alcanzaba a girar el pomo de una puerta.


Pedro miró al tío de Paula con gran seriedad, le quitó la bici de las manos y rodeó la casa a una velocidad suicida. 


Cuando escucharon el inconfundible sonido de un choque, el tío Benja agarró a la señora Merritt de un brazo para evitar que corriera en busca de su hijo.


Escucharon lo que les pareció otro choque al otro lado de la casa antes de que Pedro volviera a aparecer. Estaba más sucio que antes, su camisa lucía nuevos desgarrones y llevaba una mancha de sangre en el labio superior.


—¿Algún problema? —le preguntó el tío Benjamin.


—Ninguno —contestó él, mirándolo directamente a los ojos.


—¡Buen chico! —exclamó el tío Benja mientras le daba una fuerte palmada en un hombro. Después cerró el maletero de su coche—. Tengo que volver al trabajo.


—¿En qué trabaja? —quiso saber Pedro, que habló con una voz muy similar a la de un adulto.


—Soy abogado.


—¿Es un buen trabajo?


Los ojos del tío Benjamin adquirieron un brillo socarrón, pero no se rio.


—Sirve para pagar las facturas y tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. ¿Estás pensando en probar suerte con la abogacía?


—Admiro mucho a Thomas Jefferson.


—Has venido al lugar indicado —replicó el tío Benja, que sonrió mientras abría la puerta del coche—. Vamos a hacer una cosa, Pedro. Cuando salgas de la facultad de Derecho, ven a verme.


—Lo haré, señor. Y gracias —contestó Pedro. Aunque su voz parecía la de un adulto, la suciedad que llevaba encima y los moratones le otorgaban a sus comentarios un toque cómico.


Sin embargo, el tío Benja no se rio. En cambio, miró a la señora Alfonso.


—Buen chico. Felicidades.


La señora Merritt le pasó a su hijo un brazo por los hombros, pero él se apartó. Al parecer, no quería que el tío Benjamin lo viera tan apegado a una mujer.


Todos observaron al tío Benjamin alejarse y después la madre de Paula dijo:
—Niños, a jugar. Os llamaremos cuando la cena esté lista y después podréis salir en busca de luciérnagas.


—Sí —añadió la señora Merritt—. Id a jugar. —Parecía que llevara años esperando para decirle eso a su hijo—. El señor Bertrand va a enseñarme a coser.


—Lucia —dijo la madre de Paula—, creo que debería advertirte de que Bertrand te está utilizando como criada sin sueldo. Quiere arreglar las cortinas y...


—Lo sé —la interrumpió la señora Merritt—, pero no pasa nada. Quiero aprender a hacer algo creativo y bien puede ser la costura. ¿Crees que me vendería su máquina de coser?


—Creo que podría venderte hasta sus pies, por aquello de que los usa tan poco.


Lucia se echó a reír.


—Vamos —dijo la madre de Paula—. Te enseñaré a enhebrar la máquina.


Durante dos semanas, Paula vivió en lo que le parecía un paraíso. Pedro y ella pasaban el día juntos, desde la mañana hasta la noche.


Pedro se entregó a la diversión en cuerpo y alma, como si hubiera nacido para ello. Algo que la madre de Paula afirmaba que tal vez fuera cierto.


Mientras ellos jugaban en el jardín, las dos mujeres y el señor Bertrand charlaban y cosían en el interior. Lucia Alfonso usó la antigua máquina de coser Bernina para reparar todas las cortinas de la casa.


—Así podrá venderlas por un precio mayor... —rezongaba la madre de Paula.


Lucia compró tela e hizo cortinas nuevas para los cuartos de baño y para la cocina.


—Ya le estás pagando un alquiler —le recordó la madre de Paula—. No deberías pagar la tela de tu bolsillo.


—No pasa nada. De todas formas, no puedo guardar el dinero. Salvador me quitará lo que no haya gastado.


La señora Chaves sabía que Salvador era el marido de Lucia, pero desconocía todo lo demás.


—Me gustaría saber qué significa eso —dijo.


Sin embargo, Lucia replicó que ya le había contado demasiado.


Por las noches, los niños entraban a regañadientes en sus respectivos apartamentos. Sus madres los obligaban a lavarse, a cenar y a acostarse. A la mañana siguiente, volvían a salir al jardín. Por muy temprano que Paula se levantara, Pedro ya la estaba esperando en la parte trasera de la mansión.


Una noche, Pedro le dijo:
—Volveré.


Paula no entendió lo que eso significaba.


—Cuando me vaya, volveré.


Paula no replicó, porque no quería imaginarse que se fuera. 


Trepaban juntos a los árboles, cavaban en el barro, montaban en bici. Ella le lanzaba la pelota y Pedro bateaba en el otro extremo. El día que Paula sacó su segunda mejor muñeca, lo hizo nerviosa. A los chicos no les gustaban las muñecas. Sin embargo, Pedro había dicho que le construiría una casita y lo hizo. Con ramas y hojas. En el interior, había una cama que Paula cubrió con musgo. Mientras Paula construía el tejado, ella usó el kit de abalorios e hizo dos collares con cuentas de plástico. Pedro sonrió mientras se pasaba uno por la cabeza y todavía lo llevaba a la mañana siguiente.


Cuando la temperatura subía hasta el punto de que no les apetecía moverse, se tendían en el suelo a la sombra, y se turnaban para leer en voz alta a Alicia y el resto de los libros. 


Paula no era tan buena lectora como lo era Pedro, pero él nunca se quejaba. Si se atascaba en una palabra, él la ayudaba. Pedro le había dicho que se le daba bien escuchar y tenía razón.


Paula sabía que a sus doce años era mucho mayor que ella, pero no lo parecía. Sin embargo, en materia escolar, parecía un adulto. Le describió el ciclo completo de vida de un renacuajo y también le habló sobre los capullos de las mariposas. Le explicó por qué la luna adoptaba distintas formas y por qué había verano e invierno.


No obstante y pese a todos sus conocimientos, jamás había lanzado un guijarro a la superficie de un lago. Nunca había trepado a un árbol antes de llegar a Edilean. Jamás se había raspado el codo.


De ahí que, en definitiva, aprendieran mucho el uno del otro. 


Aunque Pedro tuviera doce años y ella solo ocho, a veces ella era su maestra. Y eso le gustaba.


Todo acabó exactamente dos semanas después de que hubiera empezado. Como siempre, en cuanto salió al jardín con los ojos aún hinchados por el sueño, Paula corrió hasta la parte posterior de la enorme mansión, donde se emplazaba el ala en la que se alojaban Pedro y su madre.


No obstante, esa mañana supo de inmediato que había pasado algo al ver que Pedro no la estaba esperando. 


Empezó a aporrear la puerta, llamándolo a gritos. Le daba igual despertar a la casa entera.


Su madre apareció a la carrera, en bata y pantuflas.


—¡Paula! ¿Por qué estás gritando?


—¿Dónde está Pedro? —exigió saber, esforzándose para no llorar.


—¿Y si te tranquilizas un poco? Seguramente se les han pegado las sábanas.


—¡No! Ha pasado algo.


Su madre titubeó, pero acabó girando el pomo. La puerta se abrió. El interior estaba vacío y no había ni rastro de que hubiera estado habitado.


—Quédate aquí —le ordenó a Paula—. Voy a ver qué está pasando. —Regresó a toda prisa a la fachada delantera de la casa, pero el coche de la señora Merritt no estaba.


Era demasiado temprano para molestar al señor Bertrand, pero estaba muy preocupada por Lucia y su hijo, de modo que entró de todas formas.


Bertrand estaba dormido en el sofá, lo que demostró lo que todo el mundo sospechaba: que no subía las escaleras para dormir en su cama. Se despertó al instante, siempre ansioso por escuchar un buen cotilleo.


—Cielo —dijo—, salieron disparados a las dos de la mañana. Yo estaba dormido como un tronco cuando Lucia me despertó. Quería saber si le vendía la vieja máquina de coser.


—Espero que se la regalaras.


—Casi. Solo le he cobrado cincuenta dólares.


La señora Chaves hizo una mueca.


—¿Adónde han ido? ¿Por qué se han marchado en plena noche?


—Lo único que me ha dicho Lucia es que alguien la llamó para avisarla de que su marido regresaba y para decirle que debía volver. Me dijo que tenía que llegar antes que él.


—Pero ¿adónde? Quiero llamarla para saber si está bien.


—Me pidió que por favor no intentáramos ponernos en contacto con ella. —Bajó la voz—. Me dijo que nadie debía saber que Pedro y ella han estado aquí.


—Eso me suena muy mal. —La señora Chaves se sentó en el sofá, pero se puso de pie de un brinco—. ¡Por Dios! Paula va a pasarlo fatal. No quiero ni decírselo. Esto va a destrozarla. Adora a ese muchacho.


—Es un crío estupendo —convino Bertrand—. Con piel de porcelana. Espero que no se le estropee y que no permita que el sol se la arruine. Creo que mi buen cutis es producto de toda una vida alejado del sol.


La señora Chaves volvió ceñuda junto a Paula para decirle que su amigo se había ido y que posiblemente nunca más volvería a verlo.


Paula se lo tomó mejor de lo que su madre esperaba. No hubo berrinches, ni lágrimas. Al menos delante de ella. No obstante, tardó semanas en volver a ser ella misma.


Su madre la llevó a Williamsburg para comprar un carísimo marco en el que colocar la única foto que Paula tenía de Pedro. Ambos estaban junto a sus bicis, sucios y muy sonrientes. Justo antes de que la señora Chaves hiciera la foto, Pedro le pasó a Paula un brazo por los hombros y ella hizo lo propio por la cintura. Era una foto muy tierna de dos niños, y quedaba estupenda en el marco que Paula eligió. Lo colocó en la mesita de noche, junto a su cama, para poder mirarla antes de dormirse y antes de levantarse por las mañanas.


Ya había pasado un mes de la marcha de Pedro y de su madre cuando Paula explotó. La familia acababa de sentarse a cenar y Ruben, su hermano mayor, le preguntó qué iba a hacer con la bici que Pedro había dejado abandonada.


—Nada —contestó ella—. No haré nada por culpa del cabrón de su padre.


Todo el mundo se quedó pasmado.


—¿Qué has dicho? —susurró la señora Chaves con incredulidad.


—El cabr...


—Te he oído —la interrumpió—. No pienso permitir que una niña de ocho años utilice ese vocabulario en mi casa. ¡A tu cuarto ahora mismo!


—Pero, mamá —protestó Paula, sorprendida y al borde de las lágrimas—, así lo llamas tú siempre.


Su madre no dijo ni pío. Se limitó a señalar con un dedo y Paula abandonó la mesa. Apenas había cerrado la puerta de su dormitorio cuando escuchó que sus padres estallaban en carcajadas.


Paula cogió la foto de Pedro y la miró.


—Si estuvieras aquí, te enseñaría una palabrota.


Suspiró y se tendió en la cama a la espera de que su padre subiera para «hablar» con ella... y llevarle a escondidas algo de comer. Él hacía de bueno y su madre era la que impartía disciplina. Paula pensaba que era muy injusto que la castigaran por repetir algo que había escuchado decir a su madre varias veces.


—¡Qué cabrones son los padres! —murmuró al tiempo que estrechaba la foto de Pedro contra su pecho.


Nunca lo olvidaría, y jamás dejaría de buscarlo.






CAPITULO 1 (SEGUNDA PARTE)







Edilean, Virginia, 1993


Paula jamás había estado tan aburrida en sus ocho años de vida como lo estaba en ese momento. Ni siquiera sabía que podía existir tal aburrimiento. Su madre le había dicho que saliera un rato al enorme jardín que rodeaba la vieja mansión, Edilean Manor, y jugara, pero ¿cómo iba a jugar sola?


Dos semanas antes, su padre se había llevado a su hermano a algún estado lejano para pescar. Su madre lo llamó «vínculo masculino» y dijo que no pensaba quedarse sola en casa durante un mes entero. Aquella noche, Paula se despertó al oír que sus padres discutían. No era algo que hicieran a menudo, al menos que ella supiera, y de repente se le pasó por la cabeza la palabra «divorcio». La idea de estar sin sus padres la aterraba.


Sin embargo, a la mañana siguiente los vio besarse y todo pareció regresar a la normalidad. Su padre insistía en afirmar que hacer las paces era lo mejor de todo, pero su madre lo mandó callar.


Aquella misma tarde, su madre le informó de que mientras su padre y su hermano estuvieran fuera, ellas se alojarían en un apartamento en Edilean Manor. A Paula no le hizo ni pizca de gracia la idea, porque odiaba la vieja mansión. Era demasiado grande y había eco por todos lados. Además, cada vez que visitaba ese lugar parecía contar con menos muebles y el vacío lo hacía aún más espeluznante.


Su padre le explicó que el señor Bertrand, el anciano que vivía en la casa, había vendido los muebles heredados de la familia para no tener que trabajar.


—Vendería la casa si la señorita Edi se lo permitiera.


La señorita Edi era la hermana del señor Bertrand. Era mayor que él y aunque no vivía en la casa, era la dueña. Paula había oído decir a la gente que le caía tan mal su hermano que se negaba a vivir en Edilean.


Paula no comprendía que alguien pudiera odiar Edilean, porque todos sus conocidos vivían en la ciudad. Su padre era un Chaves, y pertenecía a una de las siete familias fundadoras del pueblo. Sabía que eso era un motivo de orgullo. A Paula le alegraba no pertenecer a la familia que debía vivir en la terrorífica mansión.


En esos momentos, su madre y ella llevaban dos semanas viviendo en el apartamento y estaba muerta del aburrimiento. 


Quería volver a su casa y a su dormitorio. Mientras hacían el equipaje para trasladarse, su madre le había dicho:
—Solo nos vamos una temporada y está aquí al lado, así que no hace falta que te lleves eso.


Con «eso» se refería a casi todas las pertenencias de Paula, como sus libros, sus muñecas y todo lo relacionado con sus manualidades. Su madre parecía pensar que eran cosas innecesarias.


Al final, sin embargo, Paula se aferró con fuerza al manillar de la bicicleta que le regalaron por su cumpleaños y miró a su madre con gesto decidido.


Su padre se echó a reír.


—Elena —le dijo a su mujer—, es la misma cara que te he visto poner cientos de veces y te aseguro que tu hija no va a dar su brazo a torcer. Sé por experiencia que por mucho que le grites, la amenaces, la adules, le supliques, le implores o llores no dará su brazo a torcer.


Su madre miró a su marido, que se reía a mandíbula batiente, con los ojos entrecerrados.


Eso borró incluso la sonrisa de sus labios.


—Ruben, ¿qué te parece si tú y yo nos vamos...?


—¿Adónde, papá? —le preguntó Ruben, que a sus diecisiete años se daba mucha importancia por poder marcharse a solas con su padre. Sin mujeres. Ellos dos solos.


—A cualquier parte —murmuró su padre.


Paula consiguió llevarse la bici a Edilean Manor y durante los tres primeros días apenas se bajó del sillín. Sin embargo, a esas alturas quería hacer otra cosa. Su prima Sara fue un día, pero le interesaba explorar la vieja y cochambrosa mansión. ¡A Sara le encantaban los edificios antiguos!


El señor Bertrand había sacado una copia de Alicia en el país de las maravillas de una pila de libros que había en el suelo. Su madre comentó que había vendido la estantería a una tienda de muebles llamada «Colonial Williamsburg».


—Una pieza original del siglo XVIII y que llevaba más de doscientos años en la familia —había murmurado—. Qué lástima. Pobre señorita Edi.


Paula se pasó unos cuantos días leyendo sobre las aventuras de Alicia y su viaje a través de la madriguera del conejo. Le gustó tanto el libro que le dijo a su madre que deseaba ser rubia y que quería un vestido azul con un delantal blanco. Su madre le replicó que si su padre volvía a marcharse algún día durante cuatro semanas, el próximo bebé que tuviera sería rubio. El señor Bertrand añadió que a él le encantaría pasarse el día sentado en una seta, fumando con un narguile y ofreciendo sabios consejos.


Los dos adultos se echaron a reír. Al parecer, sus mutuos comentarios les parecían muy graciosos. Paula se fue, disgustada, y se sentó en la horquilla de su peral predilecto para seguir leyendo sobre Alicia. Releyó sus pasajes preferidos, y después su madre la llamó para tomar lo que el señor Bertrand denominaba «el té de la tarde». Era un anciano extraño, bastante corpulento, y su padre decía que el señor Bertrand podía incubar un huevo en el sofá.


—No se levanta en todo el día.


Paula se había percatado de que aunque los hombres del pueblo no apreciaban en absoluto al señor Bertrand, las mujeres lo adoraban. Algunos días llegaban incluso seis mujeres cargadas con botellas de vino, guisos y pasteles, y todas parecían pasárselo en grande. Cuando reparaban en ella, todas decían:
—Debería haber traído...


Y seguían con el nombre de sus respectivos hijos. Sin embargo, en ese momento alguna recalcaba lo maravilloso que resultaba disfrutar de esa paz y de esa tranquilidad durante unas horas.


Durante la siguiente visita, las mujeres se olvidaban de nuevo de llevar a sus hijos.


Paula, que estaba fuera escuchando cómo las mujeres reían a carcajadas, no veía la tranquilidad ni la paz por ningún sitio.


Su madre y ella llevaban ya dos largas semanas en la mansión cuando una mañana la vio aparecer muy emocionada. Sin embargo, Paula desconocía el motivo. Algo había sucedido durante la noche. Algo de adultos. Ella estaba más preocupada en encontrar la copia de Alicia en el país de las maravillas que le había prestado el señor Bertrand. Solo tenía ese libro y había desaparecido. Le preguntó a su madre por él, porque sabía que ella lo había dejado en la mesita auxiliar.


—Anoche se lo llevé a... —Y dejó la frase sin acabar porque sonó el viejo teléfono colgado en la pared, de modo que corrió a contestar. Nada más cogerlo, se echó a reír.


Asqueada, Paula se fue al jardín. Su vida parecía empeorar por momentos.


Tras darle unas cuantas patadas a las piedras y mirar las flores con el ceño fruncido, echó a andar hacia su árbol. 


Había planeado trepar por el tronco, sentarse en su rama preferida y pensar sobre lo que podía hacer durante las largas y aburridas semanas que faltaban hasta que su padre volviera a casa y la vida empezara de nuevo.


Cuando se acercó a su árbol, vio algo que la detuvo en seco. 


Había un chico. Más pequeño que su hermano, pero mayor que ella. Llevaba una camisa y unos pantalones oscuros, como si fuera a misa. Lo peor de todo era que estaba sentado en su árbol, leyendo su libro.


Tenía el pelo oscuro y un flequillo que le caía hacia delante. 


Estaba tan ensimismado en la lectura que ni siquiera alzó la vista cuando ella le dio una patada a un terrón de tierra.


¿Quién era?, pensó. ¿Con qué derecho se creía para sentarse en su árbol?


Ignoraba las respuestas a ambas preguntas, pero tenía una cosa clara y era que quería que ese desconocido se marchara.


Cogió un terrón de tierra y se lo lanzó con todas sus fuerzas. 


Aunque había apuntado a su cabeza, le dio en el hombro. El terrón se deshizo y la tierra cayó encima de su libro.


El chico la miró, sorprendido al principio, pero después su expresión se relajó y siguió observándola en silencio. Era un chico guapo, pensó Paula. No como su primo Tomas. Ese chico se parecía a un muñeco que había visto en un catálogo, de piel rosada y ojos muy oscuros.


—¡Ese libro es mío! —le gritó—. ¡Y ese árbol es mío! No tienes derecho a quedarte con ninguno de los dos. —Cogió otro terrón y se lo lanzó. Le habría dado en la cara, pero el chico se apartó a tiempo.


Paula tenía mucha experiencia con chicos mayores que ella y sabía que siempre se vengaban. Se enfadaban muy rápido y después pasaba lo que pasaba. La perseguían, la atrapaban y le retorcían el brazo detrás de la espalda o le tiraban del pelo hasta que suplicaba clemencia.


Al ver que el chico hacía ademán de bajarse del árbol, echó a correr tan rápido como se lo permitieron las piernas. Tal vez le diera tiempo a alcanzar el que sabía que era un gran escondite. Puesto que era delgada, se coló entre dos montones de ladrillos, se agachó y esperó a que el chico la persiguiera.


Después de lo que le pareció una hora, el chico seguía sin aparecer y las piernas empezaban a dolerle. Despacio y sin hacer ruido, Paula salió de entre los ladrillos y echó un vistazo a su alrededor. Estaba convencida de que aparecería por detrás del tronco de un árbol, gritaría un: «¡Te pillé!» y le lanzaría un buen puñado de tierra.


Pero se equivocó. El enorme jardín estaba tan silencioso y tranquilo como de costumbre, y no había ni rastro del desconocido.


Corrió para esconderse detrás del tronco de un árbol, esperó y aguzó el oído, pero tampoco escuchó ni vio nada. Corrió hacia otro árbol y esperó. Nada. Tardó un buen rato en regresar a «su» árbol y lo que vio la dejó pasmada.


Allí, bajo las ramas, en el suelo, estaba el chico. Sostenía el libro bajo un brazo y parecía estar esperándola.


¿Se trataría de alguna trampa típica de los chicos, pero que ella desconocía?, se preguntó. ¿Sería eso lo que les hacían los chicos forasteros, los que no eran de Edilean, a las chicas que les arrojaban tierra? Si se acercaba a él, le pegaría.







SINOPSIS (SEGUNDA PARTE)





Paula Chaves está encantada con la boda de su «hermana» de la universidad, Maria. Sin embargo, ve su propia felicidad tan distante como el recuerdo infantil de Pedro Alfonso. 


Hasta que este vuelve a su vida, convertido en un abogado de éxito...




CAMBIO DE PERSONAJES:

PRIMERA PARTE: SEGUNDA PARTE Karen Alfonso: Paula Chaves
Pedro Alfonso: Tomas Chaves
Paula Chaves: Maria Layton
Juan Chaves: Juan Layton
Tomas: Pedro




LA FAMILIA ALFONSO PASA A SER LA FAMILIA CHAVES




martes, 29 de marzo de 2016

EPILOGO (PRIMERA PARTE)




Eran las nueve de la mañana, la luz se colaba tímidamente entre las cortinas del hotel y Paula estaba acurrucada contra Pedro. Cuando vio el reloj, pegó un salto. ¡Tenía que ir a trabajar! Pero entonces se relajó, y sonrió. Era la mañana siguiente a su boda, y esa tarde iban a subir a un avión que los trasladaría a la hermosa y exquisita Nueva Zelanda para pasar la luna de miel.


No pudo por menos que pensar en lo estupendo que era que no tuviera que madrugar para ir corriendo a algún sucio almacén del centro y ponerse a examinar cientos de rollos de tela. Pedro decía que trataba de hacer que su trabajo pareciera pesado, pero lo cierto es que ella lo disfrutaba cada minuto que le dedicaba.


Se había reído porque Pedro tenía razón. Su nuevo trabajo le gustaba de verdad. Sobre todo era agradable que su experiencia en el negocio de las herramientas la situara un paso por delante de los demás jóvenes que trataban de aprender el oficio. No solo era capaz de utilizar cualquier máquina que le pusieran delante, sino que además las arreglaba cuando se estropeaban. Se había convertido en la predilecta de los hombres y mujeres situados en el escalafón muy por debajo de los sublimes diseñadores. Y como era tan popular, obtenía respuestas a todas sus preguntas sobre cosas como cuál era la mejor manera de insertar un ribete alrededor de la sisa para que no se viera el cosido. 


Enseguida aprendió a enseñar primero los diseños a los operarios para que estos le señalaran los que eran laboriosos de confeccionar, y por consiguiente demasiado caros de fabricar. En consecuencia, los diseños que le presentaba al señor Chambers siempre eran rentables.


A pesar de que le encantaba lo que estaba haciendo, sabía que Pedro no estaba muy contento con su nueva consulta de Nueva York. Nunca se quejaba, pero Paula averiguó que había pasado mucho tiempo hablando por teléfono con Ruben sobre los pacientes de Edilean. Y cuando volvía «al hogar» —Paula también lo consideraba tal— pasaba la mayor parte del tiempo haciendo visitas a domicilio.


Las dos primeras veces que habían vuelto a Edilean a Paula le pareció que las personas del pueblo —esto es, los parientes de Pedro— no le quitaban ojo de encima. La cosa había resultado un poco escalofriante, hasta que Noelia le contó lo que estaba pasando.


—Dicen que conociste al tío Pedro cuando tenía el brazo roto, y que por consiguiente esperabas que dedicara todo su tiempo a ayudarte a montar desfiles de modelos.


Era una idea tan absurda que al principio Paula no la comprendió.


—¿Piensan que me marcharé cuando vea que es un médico concienzudo y diligente que se preocupa profundamente de la gente que tiene a su cuidado?


Noelia había sonreído abiertamente.


—Sí.


—Noelia —le dijo, sonriendo—, ya se darán cuenta de que tengo demasiado trabajo que hacer para tener celos del tiempo que Pedro dedique a su trabajo. Bueno, ¿qué te parece este boceto?


Lo cierto era que Paula estaba deseando adquirir algún compromiso, hacer algún sacrificio, por un hombre que había hecho lo que Pedro había hecho por ella. Un amigo de facultad había estado años suplicándole que se trasladara a Nueva York y abriera una consulta con él. Pedro jamás había considerado la idea, pero después de que Paula le abandonara —y después de que Juan le hubiera cantado las cuarenta— había llamado a su amigo para decirle que iría allí.


La única persona a la que Pedro le había contado lo que estaba haciendo fue a Ruben, al que había juramentado para que guardara el secreto.


A veces Paula se maravillaba de la enormidad de lo que había hecho Pedro. Y por ella. Sin otra razón que la de que la amaba más que a nadie ni nada en este mundo. Cuando había dejado su querida consulta no había sabido nada de una oferta de trabajo que exigiría a Paula tres años de formación. Pedro pensaba que estaba abandonando Edilean —sus raíces, su hogar, su familia— para siempre.


Cuando Paula le contó lo del señor Chambers y que al cabo de tres años podría regresar a Edilean y aun así seguir trabajando, en los hermosos ojos de Pedro habían aparecido las lágrimas. Se había esforzado en ocultarlas, pero allí estaban. Paula había deseado abrazarle, pero también quiso mantener a salvo el orgullo de Pedro.


—Pero no tendré mi despacho en aquella sala contigua a la nueva fábrica de mi padre. Ahí es donde pondré el límite. Si no me pondrá a atender a los clientes...


No había terminado porque Pedro saltó sobre ella y empezó a besarla en la cara y a decirle que la quería. Le había hecho el amor con tal pasión, con semejante desenfreno, que durante los dos días siguientes Paula vivió en un estado de total aturdimiento.


Después de eso, el humor de Pedro había cambiado completamente. Paula le oía hablar a menudo por teléfono con Ruben, diciéndole que levantara el ánimo, que «pronto» estaría de nuevo allí y él podría volver a su trabajo.


Todos los días hacía copias de expedientes de pacientes desde los archivos de sus correos electrónicos, y llamaba a menudo a personas de Edilean. Paula llegó a oír su «voz de médico» cuando aliviaba y tranquilizaba a la gente. A veces le oía explicar lo mismo tres veces a una persona; nunca perdía la paciencia con ellos, jamás parecía tener prisa. 


Paula pensaba que no era de extrañar que le quisieran tantísimo.


Iban a Edilean de visita con la mayor frecuencia posible, y a Paula nunca le importaba que Pedro estuviera ausente la mayor parte del tiempo, visitando a sus antiguos pacientes. 


Para ellos, él era su médico, y no Ruben con su brusca manera de tratarlos.


En cuanto a Paula, había hecho muchas amistades en Edilean. En sus visitas nunca se perdía la gimnasia de las tres de la tarde con Lucia y la señora Wingate, y le encantaba ponerse al día de todas las noticias y cotilleos.


Fue en su tercer fin de semana en casa cuando la señora Wingate preguntó cuándo se iban a casar.


—No había pensado en eso —había contestado—. Hemos estado tan ocupados que...


Estaban tomando el té en la mansión Wingate, Paula seguía teniendo la cara reluciente —la señora Wingate arrugó la frente al decir «que les caía el sudor a chorros»— por el entrenamiento de kickboxing que acababan de realizar. Lucia levantó la vista de su taza y Juan bajó la factura que había estado leyendo. Su padre estaba viviendo en casa de la señora Wingate, aparentemente en su propio apartamento, aunque pasaba todo el tiempo que podía con Lucia. Noelia también estaba allí, y miró a Paula con sus ojos de niña resabiada.


Paula había sabido que estaba en inferioridad numérica.


—Vi una charmeuse blanca nieve que sería fantástica para un vestido de novia.


Ninguno dejó de taladrarla con la mirada.


—¡De acuerdo! Pondré una fecha. Pero primero tengo que hablar con Tristan.


Ninguno quedó satisfecho con aquello, aunque supieron que era todo lo que conseguirían. Paula se recostó en su asiento con el té y durante un momento pensó en el edificio de su piso de Nueva York. Siempre le había gustado que la gente no supiera adónde iba ni cuándo regresaría, pero Edilean la había cambiado. Ahora le gustaba que hubiera mucha gente a la que le importara.


—Veamos —había dicho solemnemente—. Papá para llevarme hasta el altar, dos madres de honor de la novia para sentarse en la primera fila, Karen como mi dama de honor y... —Había mirado a Noelia. La niña era demasiado alta y mayor para llevar las flores—. Y Noelia como segunda dama de honor. No te importará sujetarme el ramo mientras Pedro y yo intercambiamos los anillos, ¿verdad?


La niña le había saltado encima con un grito de placer. 


Ambas se habrían caído de espaldas si Juan no llega a agarrar el brazo del sillón y lo hubiera sujetado.


Eso había sucedido dos semanas atrás, y la de la última noche había sido la boda más bonita que Edilean hubiera visto jamás, o al menos eso es lo que todos le habían dicho a Paula y a Pedro.


Fuera o no verdad, para Paula había sido preciosa. Habían levantado una enorme tienda en el césped de la casa de Pedro, y todo Edilean parecía haber hecho acto de presencia. Ella apenas conocía a alguien, pero Pedro conocía a todo el mundo. Karen y Noelia se habían vestido de mayores con sendos vestidos exactamente iguales de un precioso morado azulado que les favorecía a ambas por igual. El vestido de Paula —diseñado por ella y confeccionado por Lucia— había sido extraordinariamente hermoso. La señora Wingate se había pasado días y noches bordando a mano el corpiño con cuentas de cristal.


La ceremonia había sido romántica y respetuosa. Cuando el pastor —el marido de Laura Chawnley— se dirigió a ellos, fue como si Paula y Pedro hubieran estado solos en el mundo. 


Ella le sonrió cuando le levantó el velo y se inclinó para besarla en la mejilla. El pastor había dicho: «Todavía no», y los invitados se habían reído por lo bajo.


Pedro le puso un anillo creado por Karen en el dedo, y Paula le entregó uno hecho de la misma pepita de oro. Parecía adecuado que el oro que había estado unido durante siglos los uniera a ellos para siempre.


Después de la ceremonia había habido baile y unos manjares maravillosos. Ya era tarde cuando él y Pedro se habían marchado. Habían tenido que abrazar a Noelia hasta la extenuación para convencerla de que iban a regresar.


—¿Volveréis aunque os enamoréis apasionadamente con toda vuestra alma de Nueva Zelanda? —les había preguntado con mucha seriedad.


Pedro se había arrodillado junto a ella. Sabía lo que su sobrina les estaba preguntando en realidad.


—Te prometo que nunca te volveré a abandonar. La otra vez no debería haber salido corriendo sin decirte dónde estaría. 
—Esto ya se lo había dicho muchas veces, aunque la niña seguía necesitando que la tranquilizaran.


—Y veré si tienen algún peluche interesante en Nueva Zelanda —había añadido Paula.


Noelia había asentido con solemnidad y dejado que su madre se la llevara para que Pedro y Paula pudieran marcharse.


En ese momento, tumbada en la cama al lado de su marido —necesitaría algún tiempo para acostumbrarse a la idea— pensó en cómo le había dicho a Pedro que era excelsamente feliz. Y lo era. Se había dado cuenta que había temido a la felicidad porque el mundo había sido demasiado pequeño. Había tenido a su padre y a Juan, y eso había sido todo. Pero ahora su vida se había expandido hasta incluir a la mayor parte de un pueblo entero.


—¿De qué te ríes? —preguntó Pedro a su lado cuando le puso la pierna encima de la suya desnuda. Después del ardoroso sexo de la noche, ninguno de los dos se había molestado en vestirse.


—De alegría —dijo ella.


Pedro se le acercó y ella abrió los brazos... y el móvil de Paula zumbó.


—Olvídalo —murmuró Pedro acariciándole el cuello con los labios.


—Podría ser papá o alguien de Edilean que se haya puesto enfermo —le dijo, mientras alargaba la mano hacia el teléfono.


Al final, Pedro levantó la mano.


Ella cogió el móvil. Era un correo electrónico de Karen.



¿Te acuerdas de que tú y Sofia intentabais averiguar quién era el hombre a quien andaba buscando? Apareció anoche, y se va a quedar conmigo. Estoy enamorada de él desde que tenía ocho años. Que tengáis una luna de miel estupenda, y traedme un molde para magdalenas de frutas. 
A Tomas le gusta mucho comer.


Paula lo leyó dos veces, la segunda en voz alta para Pedro.


—¿Sabes algo de ese hombre?


—Nada.


—Llamaré a Lucia para averiguar qué está pasando.


Pedro le quitó el teléfono de las manos y lo dejó en la mesilla de noche.


—¿Dónde está mi chica neoyorquina a la que no le gusta que la gente se meta en sus asuntos?


—Ella...


Pedro la besó.


—... aprendió que...


El ardor del beso aumentó.


—Le gusta...


Pedro intensificó aún más la pasión del beso.


—Me enteraré de todo cuando regresemos —dijo Paula, empujándole de espaldas sobre la cama.


—Estoy de acuerdo —dijo él.


Y la besó más apasionadamente todavía.