jueves, 7 de abril de 2016

CAPITULO 30 (SEGUNDA PARTE)




Cuando Paula despertó, se percató de que era de noche. 


Aunque lo primero que notó fue que Pedro no estaba en la cama. Habían hecho el amor toda la tarde, y estaba segurísima de que jamás había disfrutado tanto en la vida. 


No se había dado cuenta, pero desde el principio tenía tantas preguntas que había sido incapaz de relajarse por completo. Todos los años durante los que lo había buscado, durante los que no supo qué le pasó, se interponían entre ellos.


Tampoco lo había perdonado del todo, ni comprendía del todo su razonamiento masculino, pero desde que lo vio por primera vez, desde que vio a ese desconocido a la luz de la luna, atisbaba la posibilidad de superar ese problema.


Alguien llamó a la puerta de la habitación y Paula empezó a buscar su ropa. Estaba pulcramente doblada en una silla, no en el suelo, donde ella la había arrojado unas horas antes.


—Un momento —gritó, pero en ese instante Pedro apareció por la puerta que conectaba sus habitaciones. Se había duchado y afeitado, y llevaba unos vaqueros y una camiseta.


Se le pasó por la cabeza no salir de la cama.


—¿Tienes hambre? —le preguntó Pedro, tras lo cual abrió la puerta y habló con alguien. Cerró la puerta y se volvió hacia ella—. Van a servirnos la cena en mi habitación. ¿O prefieres bajar al comedor y enterarte de lo que los Pendergast han averiguado acerca de tus parientes?


Hizo que la segunda opción sonara tan espantosa, que Paula soltó una carcajada.


—Facundo te echará de menos.


—Él te echará de menos a ti —repuso Pedro—. ¿Crees que el chaval tiene novia en alguna parte?


—Yo también empiezo a preguntármelo. Supongo que si fuera un abogado neoyorquino, tú lo sabrías muy bien.


—Seguramente. —Pedro se sentó en la cama a su lado y la miró con expresión seria—. No me había dado cuenta de que no había expresado con claridad lo que espero del futuro.


Sabía que se estaba refiriendo al ataque de pánico que había sufrido al pensar que volvería a dejarla.


—No pasa nada —le aseguró Paula—. Tenemos... —Titubeó—. Tenemos tiempo para pensar en lo que queremos hacer.


El sonido de una botella de champán al ser descorchada les llegó desde la otra habitación.


—Creo que nos llaman —dijo Pedro y tiró de su mano para sacarla de la cama.


Sin embargo, Paula se arropó con la sábana y se negó a salir.


—Nos veremos en la mesa en cuanto me haya duchado —dijo con firmeza.


Pedro sonrió y le besó la mano antes de salir de la habitación.


Paula tardó media hora en ducharse y en vestirse. Se puso un vestido de seda azul que había metido en la bolsa en el último momento. Cuando lo hizo, creía que todo había acabado entre Pedro y ella, que jamás volvería a verlo. 


Sonrió al recordar que había pensado que él se daría por vencido. Le había dicho que la dejara tranquila y él se había marchado. Sin embargo, comenzaba a darse cuenta de que los tres Alfonso no se rendían jamás.


Cuando terminó de vestirse, inspiró hondo, se alisó el vestido y abrió la puerta que conectaba ambas habitaciones. 


Todo estaba tan bonito que se demoró un momento para absorber la escena. Un mantel de color crema, platos azul verdoso con conchas dibujadas y cubertería de plata que relucía a la luz de las velas. Sin embargo, para ella lo más hermoso de la estancia era Pedro. Se había puesto un esmoquin, por lo que agradeció mucho llevar su vestido de seda.


—¿Me permites? —preguntó Pedro al tiempo que le tendía un brazo.


La condujo hasta una preciosa silla tapizada con satén azul con rayas blancas.


—Es precioso —dijo, mirando el otro extremo de la mesa. 


Sin embargo, cuando se volvió hacia él, se lo encontró con una rodilla hincada en el suelo.


Verlo así hizo que se le subiera el corazón en la garganta, amenazando con salírsele por la boca.


—¿Quieres casarte conmigo? —le preguntó él en voz baja—. ¿Quieres ser mi esposa y vivir conmigo para siempre?


Paula no titubeó en lo más mínimo.


—Sí —contestó.


Con una sonrisa, Pedro se inclinó hacia ella y la besó; a continuación, le tomó las manos y le besó primero el dorso y después las palmas.


Sin cambiar de postura, sujetándole la mano izquierda, introdujo la mano debajo del mantel y sacó un estuche alargado de terciopelo azul. Paula sabía lo que era, ya que había empleado ese mismo tipo de estuche en su trabajo.


Pedro abrió la tapa y en el interior vio doce anillos, todos distintos.Paula no necesitó la lupa de joyero para saber que estaba contemplando piedras de primerísima calidad.


 Zafiros, diamantes, esmeraldas, rubíes... estaban todas. 


Cada engaste era único, y supo al punto que cada anillo era obra de un joyero diferente. Jamás vería un anillo de esos en otra persona.


Con los ojos como platos, miró a Pedro con expresión interrogante.


—¿Te importa si...? —Pedro bajó la vista a su rodilla.


—Claro —dijo antes de coger la caja para examinar los anillos—. No sé qué decir. Son preciosos. ¿Cómo has...? Ah, Penny.


—No —la corrigió Pedro mientras llenaba sus copas de champán—. Mientras Facu me traía hasta aquí, llamé a unos cuantos sitios y encargué que me enviaran los anillos. Están realizados por diferentes artistas.


—Eso me ha parecido. —No era fácil escoger entre esos anillos.


—No se pueden devolver —añadió él.


Al escucharlo, frunció el ceño.


—No irás a enterrarme en una montaña de regalos, ¿verdad?


—Dado que tú vas a poner la casa donde vamos a vivir y los muebles, creo que tengo derecho a añadir unas cuantas cosillas.


Paula sacó del estuche un anillo con una esmeralda de corte cuadrado. Su ojo experto le indicó que era de excelente calidad. Lo acercó a la luz de la vela para admirar las oclusiones, las diminutas imperfecciones que indicaban que había sido extraído de la tierra y no hecho por el hombre.


Le dio el anillo a Pedro y extendió la mano izquierda. Él le puso el anillo en el dedo, le besó el dorso de la mano y se la sostuvo mientras la miraba a los ojos.


—Paula, te quiero —susurró—. Te he querido desde que era un niño. Y no quiero que volvamos a separarnos. Quiero vivir donde tú vivas, contigo.


Paula, siempre práctica, lo miró con una sonrisa.


—Me encantaría discutir sobre el dónde, el cuándo y el cómo. Parece que tienes muchos planes y quiero que los compartas conmigo.


—¡Genial! —exclamó él al tiempo que le quitaba la tapadera a una bandeja de plata para dejar al descubierto dos filet mignon—. Me gustan las mujeres que saben lo que quieren.
Charlaron, comieron y discutieron. Pedro le contó a Paula sus ideas para el futuro: quería vivir en Edilean y abrir un campamento de verano. En invierno se dedicaría a ejercer la abogacía.


—Me gusta más de lo que creí que me gustaría, así que lo que mi padre le dijo a Penny es verdad, tengo algo de Alfonso.


—¿Crees que un pueblecito como Edilean será suficiente para ti?


—Sí —contestó él—, y te prometo que no haré nada que no hayamos acordado antes. —Se inclinó sobre la mesa para acercarse a ella—. Pero creo que tú tienes algo de tu hermano y que tu ambición sobrepasa un poco tu pueblecito.


—¡Me has pillado! —exclamó, y comenzaron a hablar de su futuro tal como ella lo veía. Las ideas de expansión de David no habían sido solo suyas.


Hablaron del inminente divorcio, y Pedro le contó que había decidido que Juan y sus padres se las podían apañar solos en la contienda.


—Le buscaré a mi madre un buen abogado.


—¿Forester? —preguntó Paula, y se echaron a reír.


Mientras compartían una buena porción de tarta de chocolate, alguien deslizó una invitación por debajo de la puerta. Cuando terminaron el postre, Pedro y Paula solo tenían ojos el uno para el otro, de modo que no vieron el grueso sobre de papel vitela.


Fue por la mañana cuando Paula lo recogió y se lo enseñó a Pedro. Iba dirigido a nombre de los dos.


—Ábrelo —le dijo Paula—. Seguro que es de Penny para decirte que Facundo es tu hermanastro.


—Demasiado tarde —repuso Pedro—. Ya te has ido de la lengua.


—Yo no lo veo así. Creo que tú... —Se interrumpió al ver la cara de Pedro. Seguía tumbado en la cama, apenas cubierto de cintura para abajo por la sábana—. ¿Qué pasa?


—Es una invitación a un almuerzo campestre, hoy, a la una. Hay un mapa con instrucciones para llegar al sitio.


Pedro le pasó la nota y le tocó a Paula quedarse de piedra.


—Es de tu padre. —Se sentó en el borde del colchón—. Dice que tiene un regalo para todos nosotros. —Miró a Pedro—. ¿Crees que es un tesoro pirata? Me vendrían bien unas perlas. Y un poco de tanzanita. Por supuesto, siempre ando corta de oro.


Pedro recuperó la invitación.


—No vas a conseguir eso de mi padre.


—¿El qué?


—Oro.


—Pues espero que no sea otra advertencia para que no comas pintura con plomo. Creo que le preguntaré por su política de escarceos amorosos en la oficina.


—Hazlo —replicó Pedro al tiempo que apartaba la sábana—. Me gustaría verlo.


Paula se apoyó en los codos para ver a Pedro atravesar la estancia desnudo.


—Bueno, ¿qué crees que quiere darte?


—Darnos. A los dos. —Pedro se puso unos vaqueros desgastados—. Ojalá que sea la libertad. Que acceda a concederle el divorcio a mi madre sin trabas.


—Te preocupa que Juan y tu madre tengan que pasar por un juzgado, ¿verdad? ¿Tu padre se rodeará de media docena de abogados?


—Yo diría que de unos veinte, y cada uno será de una etnia distinta. Será un arcoíris global.


Paula soltó una carcajada.


—Yo apuesto por el señor Layton. Creo que es capaz de enfrentarse a cualquiera, y teniendo en cuenta cómo bailaron en la boda de Maria... —Se interrumpió al ver la cara de Pedro—. Vale. Nada de padres y sexo en la misma frase.


—Vamos a desayunar y luego comprobaremos quién más está invitado a esta fiesta.


En el comedor de la planta baja, la gente parecía haber dispuesto dónde se tenía que sentar cada quién, de modo que había dos asientos vacíos en la mesa de Facundo y Penny.


—¡Ay, qué bonito! —exclamó esta con la vista clavada en el anillo de Paula.


Facundo sonreía, porque, acto seguido, su madre miraba a Pedro con expresión anonadada.


—No lo creías capaz de hacer algo así él solito, ¿verdad? Pero lo ha hecho —comentó Facundo—. Incluso pulsó los botones del móvil sin ayuda de nadie. Me quedé de piedra.


—Creo que los hermanos pequeños deberían cuidar sus modales —soltó Pedro, una frase que silenció a los comensales.


Paula miró a Penny y se encogió de hombros.


—Lo adivinó solo.


Penny le preguntaba a Pedro con la mirada qué sentía acerca de todo eso.Pedro colocó una mano sobre las suyas.


—Mi padre debería haberse divorciado de mi madre, dejarnos libres y haberse casado contigo —dijo en voz baja—. El que no lo hiciera demuestra que carece de sentido común.


Durante un segundo, los ojos de Penny relucieron por las lágrimas de agradecimiento, pero después apartó la mano.


—Ya está bien de tonterías. ¿Qué crees que trama Salvador con este regalito suyo?


—Yo espero que aparezca con una hermana —comentó Facundo, y todos se echaron a reír



***


A lo largo del desayuno, Paula se percató de que Facundo y Pedro se miraban a hurtadillas. ¡Qué cantidad de relaciones se estaban formando! Estaban las habituales; ella tendría que conocer a sus padres y él, a los de ella. Sin embargo, Pedro se iba a llevar la peor parte. Tenía un hermanastro que le había demostrado mucha hostilidad, y un futuro cuñado que no quería que se casara con su hermana.


Pedro pareció darse cuenta de lo que estaba pensando, porque la miró desde el otro lado de la mesa y le guiñó un ojo, como para decirle que podía enfrentarse a cualquier cosa que le pusieran por delante.


Paula sonrió, indicándole que, sucediera lo que sucediese, ella estaría a su lado.


—¡Dejadlo ya! —exclamó Facundo—. Estáis empañando los vasos.


Paula apartó la vista, avergonzada, pero Pedro se limitó a soltar una carcajada y a darle una fuerte palmada a Facundo en la espalda.


—Algún día podría pasarte a ti —dijo Pedro.


Como Facu no replicó, Paula añadió:
—Por lo que sabemos, Facundo lo mismo tiene mujer y tres hijos.


Facundo la miró, pero siguió sin replicar, de modo que Paula se dirigió a Penny.


Esta levantó las manos en señal de rendición.


—Me han obligado a jurar que guardaré el secreto.


—Más bien que me dejarás conservar mi intimidad —repuso Facundo y, por primera vez desde que lo conocía, Paula no vio la habitual expresión burlona en su rostro. El hecho de que su buen humor siempre hubiera sido a expensas de Pedro no evitó que ella se echara a reír.


De repente, Facundo dijo:
—Si me perdonáis... —Y se fue.


—Pero si no ha comido —protestó Paula e hizo ademán de ir tras él, pero Penny la cogió del brazo.


—Mi hijo tiene que luchar contra sus propios demonios —dijo— y es mejor dejarlo solo.


Paula volvió a sentarse, pero miró a Pedro. Sus ojos le dijeron que pensaba lo mismo que ella. Sin mirar a Penny, salió en pos de Facundo, pero regresó a los pocos minutos.


—Facu se ha llevado el Jeep. No sé adónde ha ido. ¿Deberíamos preocuparnos? —le preguntó a Penny.


—Yo sí, pero vosotros no —contestó ella—. ¿Quién quiere probar las tortitas de melocotón?



CAPITULO 29 (SEGUNDA PARTE)





Pedro la acompañó hasta el coche. Hicieron el recorrido hasta el bed & breakfast en silencio.


Paula sabía lo que Pedro quería. ¿Por qué no iba a quererlo? Se encontraban en un pueblecito muy romántico, en un establecimiento precioso, eran jóvenes y estaban enamorados. Así que deberían pasarse todo el día en la cama. ¿No le dijo a su hermano que era eso lo que quería? ¿Qué fue lo que dijo exactamente?


«... mientras esté aquí quiero darme un atracón de sexo. Días enteros. O semanas. Si fueran meses, por mí genial.»


Bueno, pues lo había conseguido y lo único que quería en ese momento era llamar a su amiga Maria para pasarse cuatro horas hablando por teléfono con ella. En ese momento, lo que más necesitaba era el alivio que le reportaría la conversación.


«Quizá debería buscar a Red y pedirle consejo», pensó. 


¿Quería preguntarle cómo solucionar los problemas al hombre que los había ocasionado? Soltó una carcajada.


—¿De qué te ríes? —quiso saber Pedro mientras aparcaba el coche.


—De nada —contestó antes de salir.


Pedro la cogió de la mano para subir la escalera de camino a sus habitaciones. Una vez dentro, se inclinó para besarla, pero ella lo apartó.


—Lo siento —se disculpó—. Es que... me duele la cabeza y creo que debería echarme un rato.


Pedro se apartó de ella.


—¿Te traigo algo?


—No, gracias —contestó—. Solo necesito estar sola un rato.


—Claro, por supuesto —dijo Pedro, que caminó hasta la puerta que comunicaba sus habitaciones, la abrió, salió y la cerró.


Paula miró la cama. Tal vez se sentiría mejor si se acostaba un rato, pero sabía que no podría dormir. No dejaba de recordar las palabras de Penny. ¿Hasta dónde debía contarle a Pedro? ¿Qué debía ocultarle? ¿Cuánto...?


—¡Ni hablar! —exclamó Pedro, que acababa de abrir la puerta—. Esto no está bien. Nada bien. Hoy te ha pasado algo y quiero saber lo que es.


—No puedo...


—Pues a ver qué hacemos, porque como digas que no puedes contármelo, voy a...


—¿Qué vas a hacer? —lo interrumpió Paula, alzando la voz—. ¿Vas a marcharte? ¿Te irás cuando las cosas se pongan demasiado serias para ti? ¿Desaparecerás como la otra vez? ¿Me dejarás sola sin darme una explicación? ¿Me pasaré años buscándote mientras tú me vigilas a escondidas y visitas mis exposiciones? ¿Eso es lo que vas a hacer?


—No —contestó Pedro en voz baja—. No volveré a hacer eso jamás. Pero ahora mismo voy a quedarme en esta habitación hasta que me digas qué es lo que te tiene tan alterada.


—Es que... —La ira la abandonó. Se sentó en la cama y se cubrió la cara con las manos.


Pedro se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros, instándola a que apoyara la cabeza en él.


—¿Tiene algo que ver con el hecho de que Facundo sea mi hermanastro?


Paula titubeó solo un segundo.


—¿Cómo lo...?


—No tengo mucha experiencia con los parientes, pero soy un buen observador. ¿Quién más podría mirarme con el odio que me miraba Facu el día que lo conocí? Era como verme en un espejo, pero con la diferencia de que mi imagen quería matarme.


Aliviada, Paula suspiró. Al ver que la tensión abandonaba su cuerpo, Pedro la instó a girarse para que pudieran tumbarse en la cama.


—¿Qué ha pasado mientras yo hablaba con Penny por teléfono? Estabas bien mientras visitábamos las tiendas, pero entraste en el restaurante tan blanca como si un vampiro te hubiera dejado sin sangre.


—Pues es una descripción muy apropiada —replicó Paula, que hizo una mueca.


Pedro la besó en la frente.


—Quiero escucharlo todo. Ni se te ocurra dejarte algo atrás.


—Pero...


Pedro se inclinó sobre ella y la miró a los ojos.


—No hay peros que valgan. Olvida las excusas. Y, sobre todo, olvida el miedo. No tienes por qué asustarte, y menos de mí. ¿Has matado a algún ser querido mío?


Paula sabía que Pedro solo intentaba aligerar el momento, pero para ella ese asunto era muy serio.


—No —respondió—. Pero estoy sopesando la idea de atropellar a tu padre con un cortacésped.


La cara de Pedro perdió todo rastro de humor y, de repente, Paula vio al hombre que trabajaba en los tribunales. Se dejó caer de nuevo sobre el colchón y la estrechó con tanta fuerza que ella apenas podía respirar. De haber podido, se habría pegado todavía más a él.


¿Por dónde empezaba?


—¿Recuerdas que anoche antes de cenar te estuve esperando mientras hablabas por teléfono?


—¿Con el idiota de Forester? Sí. ¿Qué pasó?


—Que conocí a tu padre.


Pedro le aferró el hombro con más fuerza, pero guardó silencio. En cuanto empezó a contarle la historia, se mantuvo callado y muy atento. Le relató sus dos encuentros con el hombre que se hacía llamar Red y le repitió palabra por palabra lo que recordaba de las conversaciones, incluyendo el pequeño sermón que le soltó sobre los niños que comían pintura pero que solo recordaban que les prohibían hacer lo que les gustaba.


—Típico de mi padre. Se cree capaz de justificar todas las asquerosidades que hace.


Era evidente para Paula que Pedro no se había sorprendido al enterarse de que su padre estaba en Janes Creek. Sin embargo, sí se sorprendió al descubrir que había ido a pescar a Edilean.


—Nunca le he preguntado a mi madre dónde escuchó hablar de Edilean por primera vez. Jamás lo he pensado, pero es posible que mi padre le hablara del pueblo. Tiene sentido. Sigue, por favor.


Paula le describió el momento en el que descubrió que Facundo era su hermano.


—Me miraron suplicándome que no te lo dijera.


—Penny sí lo hizo. Facu se lo estaba pasando genial.


—¿Te diste cuenta?


—Una de las cosas que he aprendido siendo abogado es a observar en la misma medida que a escuchar. No fuisteis muy sutiles.


—¿Crees que Facundo sabe que tú lo sabes?


—Claro. El chaval está disfrutando mucho.


—Solo es año y medio más pequeño que tú, así que no es un chaval.


—¿Tu hermano te ve como a una adulta?


—Pues no —respondió Paula.


—Bueno, ¿qué ha pasado hoy mientras te esperaba en el restaurante?


—He tenido una conversación con tu secretaria.


Pedro guardó silencio un instante.


—Ahora sí que me has sorprendido. ¿Qué te ha dicho Penny?


—No sabe que tu padre está aquí. Dice que...


—No, espera. Cuéntamelo todo desde el principio. Cómo se puso en contacto contigo y lo que te dijo, exactamente al pie de la letra.


Paula le relató despacio lo que había sucedido. Comenzó con las sillas y le dijo que había cambiado la posición de la suya.


Pedro se rio por lo bajo mientras la abrazaba y le daba un beso fugaz.


—¡Bien hecho! Estoy orgulloso de ti.


A Paula le gustó tanto el beso que se lo devolvió, pero lo que querían (y necesitaban) era hablar sobre lo que Penny le había contado.


Empezó con la información más fácil de digerir, con lo que supuso que sería más inofensivo para Pedro. Le contó cómo fue concebido Facundo. Al ver que Pedro no replicaba, comentó:
—No pareces sorprendido.


—Pues lo estoy, pero no como tú esperas. Las malas lenguas en la oficina dicen que mi padre y Penny fueron amantes durante años. La sorpresa es que solo estuvieran juntos una vez.


—Y de esa vez nació un niño.


—Un niño feo y espantoso, por cierto —añadió Pedro, pero Paula se percató de la nota afectuosa de su voz—. ¿Qué más? ¿Y qué es lo que no me estás contando?


—¿Vas a dejarme que te lo cuente a mi ritmo o qué?


—De momento es lo que estoy haciendo, ¿no? —replicó él en voz baja.


Paula se volvió para mirarlo con expresión interrogante.


—No me he hecho con el control de la situación —señaló Pedro.


—¿Te refieres a como hiciste con el asunto de David? —le preguntó ella.


—Me... —Titubeó como si lo que estaba a punto de decir fuera difícil para él—. Me da miedo parecerme a mi padre más de lo que me gustaría. Cuando compré Catering Borman, lo hice con una actitud dominante, ya que, tal como me dijiste, no te creía capaz de manejar una situación semejante sin ayuda. Lo siento. No lo haré más. No voy a hacerme con el control de tu vida, pero creo que si queremos que esto funcione, necesitamos hacer las cosas juntos. En equipo, en pareja. Estoy aquí para escucharte. Si me dices qué es lo que te preocupa, a lo mejor los dos juntos podemos solucionarlo. —Sonrió—. Dicho lo cual, confieso que en la vida me han echado una bronca como la tuya. Me pitaban los oídos y todo.


—No fue para tanto.


—Sí que lo fue y me lo merecía.


Paula se arrebujó entre sus brazos.


—Así que esta vez...


—Esta vez, me he quedado sentadito para que tú manejes las cosas a tu antojo. Pero no ha sido fácil. No te imaginas las ganas que tenía de decirle a Facundo que dejara de reírse de ti.


—Es tu hermano.


—Sí —replicó Pedro con una nota emocionada en la voz—. Es raro pensarlo, la verdad. Bueno, sigue contándome.


Paula respiró hondo.


—Esta parte no te va a gustar.


—Eso significa que vas a hablarme de mi padre.


—Pues sí —reconoció Paula, que comenzó a explicarle cómo veía Salvador Alfonso la infancia de su hijo.


Pedro guardó silencio durante el relato y cuando Paula acabó, lo miró.


—Me lo imaginaba en parte —le aseguró él—. Aunque mi padre jamás admitiría que se sintió intimidado por alguien. Supongo que hasta cierto punto se lo ganó con sus comentarios. Tiene la costumbre de ir dando órdenes por la vida, y seguro que de pequeño era igual.


—¿No te molesta enterarte de todo esto?


—Pues... —Pedro sonrió—. No, la verdad es que no. Es difícil admitirlo, pero creo que comencé a trabajar para él porque quería saber si era capaz de triunfar a su lado. No es fácil ser el hijo de Salvador Alfonso. A veces, cuando trabajaba en Hollywood, los chicos me preguntaban por qué arriesgaba el pescuezo todos los días. Les encantaba decirme que si estuvieran en mi pellejo, se pasarían el día viajando por el mundo en un avión privado, bebiendo champán.


—Pero a ti no te gustaba —señaló Paula—. Por lo menos en aquella época. Creo que después aprendiste a valorar ese tipo de cosas.


—Sí. Bebí mucho champán. Y disfruté de... bueno, de muchas otras cosas.


—Debe de haber sido agradable —replicó ella en voz baja.


—No mucho. ¿Sabes una cosa? He recibido más afecto de Juan Layton que de... En fin, que de la gente que me rodeaba. ¿Puedo contarte un secreto?


—Sí, por favor —respondió Paula, que estaba sonriendo por el comentario que había hecho sobre Juan, el hombre que pronto se convertiría en su padrastro. Juan vivía en Edilean, así que a lo mejor Pedro quería mudarse también al pueblo.


—Quiero abrir un campamento.


—¿Qué tipo de campamento?


—Uno gratuito —contestó Pedro—. Llevo años pensándolo, y se me ocurrió que podía intentarlo en California, pero desde que vi los terrenos que rodean Edilean, he cambiado de opinión. Juan podría encargarse de la construcción, Penny podría gestionarlo y...


—Pero quiere jubilarse.


—Después de haber pasado años trabajando con mi padre, esto le parecerá una jubilación.


—Tu madre podría encargarse de la decoración.


Pedro la instó a levantar la cabeza para mirarla a los ojos.


—¿Qué tal se te daría enseñarles a los niños a hacer collares con macarrones?


—Si a ti te enseñé a hacer una casa de muñecas, creo que puedo enseñar cualquier cosa.


—¿Cómo que me enseñaste? ¡Ja! No parabas de darme órdenes. —Estaba desabrochándose la camisa.


—Por favor, dime que no vas a pedirme que cierre mi negocio y que trabaje para ti.


—Ni se me ha pasado por la cabeza —le aseguró Pedro mientras la besaba en el cuello—. Pero sí te digo que mi plan secreto es llevarte la contabilidad.


—¿De verdad vas a hacerlo? —le preguntó Paula mientras él le besaba un pecho.


—¿Crees que podré convencerte de que me recomiendes al bufete de abogados de Edilean?


Paula, que estaba besándolo en una oreja, se apartó para preguntarle a su vez:
—¿Te refieres a McDowell, Chaves y Welsch? Hay que llevar alguno de esos tres apellidos para formar parte del bufete.


—¿No vale casarse con un miembro de la familia? —le preguntó Pedro, que la besó en la boca de inmediato.


Una hora antes, Paula no estaba interesada ni por asomo en el sexo, pero en ese momento no podía pensar en otra cosa.


—Creo que tenemos futuro —susurró.


Pedro se apartó de ella.


—¿Qué?


—Que creo que tenemos futuro —repitió.


—¿Es que...? —Pedro guardó silencio un instante—. ¿Creías que iba a dejarte?


—Sí. Bueno, no. Es que no me imaginaba siquiera dónde íbamos a vivir.


—En tu casa, si consigo que saques todos esos chismes del garaje. Juan me dijo que...


Paula lo silenció con un beso.


—¿Y qué pasa con el divorcio?


—Juan se encargará de todo. De hecho, me asusta un poco lo que pueda pasarle a mi padre cuando se enfrente a él. ¿Quieres seguir hablando? —preguntó, exasperado.


—¡Sí! —exclamó Paula—. ¡Sí, sí y sí! Quiero hablar sin parar sobre nosotros, sobre nuestro futuro, sobre... ¡Oh! —exclamó, al sentir los labios de Pedro en el abdomen.


—Vale, sigue hablando —le dijo él mientras descendía por su cuerpo.


—Quizá luego —claudicó al tiempo que cerraba los ojos y se olvidaba de todas las preocupaciones