domingo, 27 de marzo de 2016

CAPITULO 41 (PRIMERA PARTE)





Durante la semana siguiente trabajaron sin descanso en la ropa para el pase de modelos, y todos los que estaban al tanto del proyecto ultrasecreto colaboraron. Karen quiso ayudar, pero tenía un nuevo encargo para hacer un collar de aniversario, y no pudo. Pedro dijo que lo había aclarado todo con Savannah y que había hecho creer a Rebeca que iba a ser la mejor fiesta de cumpleaños de su vida.


—Y lo será —dijo Paula. Con independencia de lo que hubiera hecho en el pasado, no estaba en su ánimo estropear la fiesta de ninguna niña.


La señora Wingate puso a cargo de su tienda a la joven que llevaba muriéndose de ganas de tener la oportunidad de regentarla. Ramon dijo que renunciaría a escribir durante una semana —y Pedro se limitó a tres únicos comentarios sobre el «sacrificio»—, y Noelia vivía metida en un maillot mientras se probaba tropecientas partes de vestidos, desde mangas a cuellos, pasando por sombreros.


Lucia y Paula daban órdenes a todos los que andaban por allí, y la pregunta preferida no tardó en ser: «¿Qué queréis que haga ahora?»


Ramon y Pedro bajaron una mesa del ático y la colocaron en el pasillo para que la utilizaran de superficie de corte.


—Qué lástima que mi padre no esté aquí —se lamentó Paula.


Pedro estuvo a punto de atragantarse con su café.


—¿Por qué?


—Esa mesa es demasiado baja para cortar. Te deja la espalda hecha polvo. Si papá estuviera aquí, haría un cajón de contrachapado y la elevaría a la altura del mostrador.


—Estoy seguro de que le echas muchísimo de menos —dijo Pedro, mientras ponía unas guías telefónicas viejas debajo de las patas de la mesa.


Paula le lanzó una mirada penetrante. Sabía que Pedro estaba haciendo algo en secreto, pero por más que lo intentaba no conseguía sacarle de qué se trataba. Por la noche, cuando se metían juntos en la cama —la mitad de las veces en la de ella, la otra mitad en la de él— intentaba que respondiera a sus preguntas. Pero entonces empezaba a besarla, a tocarla por todo el cuerpo, y Paula se olvidaba de lo que estaba diciendo.


Lo único que sabía con certeza era que Pedro se había convertido de pronto en un fotógrafo insaciable —mayormente de Lucia—, y que su teléfono no paraba de zumbar. A menudo se excusaba para atender alguna llamada de su primo Rams. Paula le había preguntado por él, pero lo único que conseguía sacarle era: «Es el diminutivo de Ramsey», y entonces Pedro se ocupaba en alguna tarea.


Por dos veces, un joven le llevó a Pedro unos documentos para que los firmara, y al preguntarle Paula por ellos, se mostró esquivo: «Ya te lo diré más tarde», le dijo en ambas ocasiones, antes de alejarse a toda prisa.


Si no hubiera estado tan abrumada de trabajo, le habría perseguido, pero no podía. Todos tenían preguntas que hacerle, desde qué botones utilizar, hasta la altura del dobladillo o el color del ala del sombrero.


Pedro y a Ramon se les daba fantásticamente bien recortar los patrones, mientras que la señora Wingate se encargaba de toda la pasamanería. Lucia hacía la mayor parte del cosido con sus maravillosas máquinas, pero al cuarto día, después de varios días de acostarse tarde y levantarse temprano, la mujer estaba agotada. Retiró la silla de delante de la remalladora.


Pedro—dijo seriamente—, si no dejas de hacerme fotos durante unos minutos, te voy a enseñar cómo se hace un sobrehilado de cuatro hilos.


Pedro titubeó durante un instante, y todos le miraron.


—Finge que es una rotura de la válvula aórtica —dijo Noelia.


—Justo lo que iba a decir —comentó Paula, y todos se echaron a reír. No pudo evitar preguntarse si Noelia llevaba haciendo comentarios médicos desde el principio y ella no había reparado en ellos.


El trabajo por el que Noelia suspiraba era el de cambiar el color de los hilos de los bordados acabados en la gran Bernina 830. Lucia le enseñó a sujetar el hilo en su sitio con la mano derecha y simultáneamente a introducirlo por los canales con la izquierda. A Noelia le encantaba pulsar el botón blanco de la enhebradora automática de agujas, y emitía un pequeño sonido de triunfo cuando todo estaba listo y podía apretar el botón verde que ponía en marcha la máquina.


Ramon solía escaparse a la cocina, y todos paraban para comer lo que fuera que les hubiera cocinado. No parecía tener la menor prisa en regresar a la soledad de su cabaña.
Pero con independencia de lo ocupados que estuvieran, a las tres en punto, ni un minuto más, las mujeres dejaban de trabajar.


El primer día, Pedro les enjaretó un discurso muy bonito sobre las razones por las que consideraba que tanto a él como a Ramon se les debería permitir participar, pero las mujeres se limitaron a reírse de él. Las tres bajaban apresuradamente al sótano, y Noelia con ellas, y una hora después volvían a estar arriba, el sudor brillando ligeramente en sus frentes, listas para tomar el té vespertino que Ramon había preparado.


—Bueno, ¿y hoy qué hicisteis? —preguntó Pedro mientras se comía un bocadillo de cangrejo preparado por Ramon.


—Lo de siempre —dijo Lucia.


—Nada que no hayamos hecho antes —añadió la señora Wingate.


—Hmmm —corroboró Paula, con la boca llena.


—¡Danza Cubana! —soltó Noelia.


—¿Salsa? —preguntó Pedro.


—¿Estáis bailando salsa? —preguntó Ramon—. ¿Y no necesitáis pareja para eso? Yo podría enseñaros un par de movimientos que...


—No —le cortó Paula con firmeza—. No se permiten hombres.


Los dos hombres suspiraron.


El viernes por la mañana la madre de Noelia, Andy, entró en el estudio de Lucia.


—¡Pedro! —gritó desde la entrada, con algo más que un ligero tono de enfado en la voz—. ¿En algún momento has pensado que me gustaría ver a mi hija de vez en cuando?


Impertérrito ante el reproche, Pedro ni siquiera levantó la vista de la remalladora Baby Lock.


—Me alegra que estés aquí. Ramon necesita que le ayuden a cortar. Va a ser una noche larga.


—¡Mamá! —gritó Noelia, librándose de Lucia, que le estaba sujetando una manga en el hombro con alfileres, y echó a correr hacia su madre—. Ven a ver lo que hemos hecho.


Andy miró por encima de la cabeza de su hija hacia el ajetreo de la habitación. Eso fue un instante antes de que reparara en dos niñas pequeñas en la pared del fondo. La bonita joven que supuso era Paula Chaves estaba sentada en el suelo, subiéndole con alfileres la basta del vestido a una de las niñas. Andy reconoció a las dos niñas como amigas de Noelia. Eran unas criaturas inteligentes, de las de sobresaliente, aunque no lo bastante guapas ni
populares para formar parte del círculo de Savannah McDowell. Ese año habían sido incluidas para participar en el pase de modelos, pero eso iba a ser un tormento para las pobres niñas.


—Sí —dijo Andy—. Me gustaría verlo todo.


Treinta minutos más tarde, había asumido el trabajo de Pedro en la remalladora, y él había vuelto al corte. Por la tarde, apareció el padre de Noelia, Armando. A Paula le gustó de inmediato; de su persona emanaban una tranquilidad y una seriedad que le recordaron a su padre y su hermano.


—¿Qué puedo hacer? —preguntó a Paula. Llevaba un bastón, y ella se dio cuenta que incluso estar de pie le resultaba un problema.


—¿Has cosido alguna vez a mano? —le preguntó Paula.


—Soy un soldado. ¿Quién crees que arregla los desgarrones?


Paula sacó a una de las niñas del único sillón tapizado —en ese momento había cuatro niñas nuevas, además de Noelia—, y enseñó rápidamente a Armando cómo enrollar las tiras de seda que Lucia había juntado para convertirlas en rosas.


El hombre la miró con incredulidad un instante; sus ojos parecían decir: «¿Un hombre que acaba de regresar de la guerra haciendo rosas de seda?» Pero no dijo nada.


—Si no sabes hacerlo, dímelo —dijo Paula.


—Creo que puedo conseguirlo —respondió él.


Cuando Paula se apartó de Armando, Pedro la miró divertido, y Andy con curiosidad.


—Es un hecho científico —dijo Lucia— que la seda hace cicatrizar las heridas. —Y todos estallaron en carcajadas.


Luego, Pedro le hizo fotos a Armando, el bastón apoyado en un costado, el regazo del hombre un mar lleno de rosas de seda de alegres colores. La atractiva cara de Armando mostraba una expresión de intensa concentración, mientras cosía a mano los bordes de una rosa de seda charmeuse de color fucsia.


—Nunca superaré esta vergüenza —mascullaba el hombre, aunque estaba sonriendo.


Los padres aparecieron uno a uno a recoger a sus hijas, y ninguna de las madres escatimó las muestras de agradecimiento.


—A Lisa la invitan a los sitios, pero nunca encaja —dijo una, con lágrimas en los ojos—. Que os estéis esforzando de esta manera por ella... —La mujer no pudo seguir, y Paula le echó el brazo por los hombros.


—Asegúrate que Lisa esté allí mañana a las diez, y la peluquera...


—Lo sé —dijo la mujer—. Ya me ha llamado. —La mujer cogió la mano de Paula entre las suyas—. Nunca os podré agradecer esto lo suficiente.


Cuando se hubo marchado, Paula subió las escaleras corriendo. Tenían todavía seis conjuntos más que terminar. 


Con más niñas, a dos vestidos por cabeza, el trabajo se les había multiplicado considerablemente. La señora Wingate se había encargado de arreglar que la peluquera local y su hermana estuvieran en su peluquería a las seis de la mañana del sábado. Paula había dibujado cómo quería que se peinara a las niñas y, en dos de los casos, se les cortara el pelo.


Todo lo cual fue hecho con el mayor secretismo posible.


—Edilean tiene mucha experiencia en guardar secretos —dijo Pedro, aunque no dio más detalles.






sábado, 26 de marzo de 2016

CAPITULO 40 (PRIMERA PARTE)




Cuando Pedro llegó al coche con las bolsas de las compras, su móvil zumbó. Era un correo de Juan Chaves, y Pedro dudó: o el hombre le habría puesto a caldo o... En realidad, a Pedro no se le ocurrió ninguna otra alternativa. 


Pulsó la tecla y leyó: «Mi Pau necesita a su familia y sus pinturas. Yo estoy harto de estar aquí. ¿Su insignificante pueblucho no necesitará una ferretería? Envíeme más fotos de Lucia.»


Pedro leyó el mensaje tres veces antes de asimilarlo, y entonces apoyó la espalda en el coche y se echó a reír. Si Juan Chaves quería fotos de Lucia, le enviaría todas las que pudiera, incluidas las radiografías de pecho de la mujer.


Volvió a entrar en la tienda.


—¿Llevas tu cámara encima? —preguntó a Paula—. ¿Y el cable ese para conectarlo al móvil?


—Sí —Ella le miró con frialdad mientras sacaba la cámara del bolso—. ¿Sucede algo? Pareces extremadamente complacido contigo mismo.


—Es porque Noelia se lo va a pasar muy bien. Me sabe mal no haberme dado cuenta nunca de lo terribles que han debido de ser esas fiestas para ella. Súmale mi irresponsabilidad con la casa de muñecas, y verás que tengo mucho que expiar. —Lo que estaba diciendo era bastante triste, y sin embargo mostraba una sonrisa esplendorosa. De hecho, ni los ganadores de la lotería sonreían tan abiertamente.


—¿Por qué hablas tan deprisa? Y no sientes ninguna culpa por la casa de muñecas. Lo que quieres es que me tire aquí un año trabajando en ella. ¿Qué está pasando? —preguntó Paula.


—Pues, esto... tengo... tengo que llamar a Ramon. —Se alejó para que Paula no pudiera ver la sonrisa que no podía borrar de su rostro. Salió de la tienda, y Ramon contestó al primer tono.


—¿Ya me echas de menos? —preguntó Ramon.


—¿Sabes ese lugar de tu propiedad en McTern Road?..


—¿Cuál?


—El que era una fábrica de ladrillos.


—Sí, hace cien años.


—¿Está en buen estado? —preguntó Pedro.


—¡Carajo, no! Se está cayendo a cachos. Si lo quieres comprar, te lo dejaré barato.


—Haz que Rams redacte los documentos —dijo Pedro.


—¡Caray! ¿Y para qué quieres ese viejo lugar?


—El padre de Paula piensa abrir una ferretería en Edilean.


—¿Desde cuándo? —preguntó Ramon.


—Desde que le envié un correo electrónico hace diez minutos.


—¿Se va a quedar Paula en el pueblo a arreglar motosierras?


—No lo sé —dijo—. Solo intento ponerle las cosas fáciles para que se quede. Deja la ropa en mi casa, ve luego a ver a Rams y haz que redacte los documentos. Mejor aún, ve primero a ver a Rams. ¿Entendido?


—A la orden, señor —dijo Ramon—. Y claro que me gusta hacer de alcahuete, no te preocupes.


—Te da un respiro de tanto escribir, así que ¿de qué te quejas?


—Buena observación —dijo Ramon, y colgó.


Pedro volvió a entrar en la tienda e hizo doce fotos, todas con Lucia en el centro. Quiso sacar más, pero las mujeres le hicieron parar.


—Esta noche —le dijo Paula en un susurro—, cuando estemos en la cama, me vas a contar qué estás tramando.


Pedro se limitó a sonreírle, e hizo una foto de Lucia, que estaba levantando una tela rosa transparente que tenía adheridas unas pequeñas piedras de strass. Salió de la tienda para enviar a Juan Chaves las seis mejores fotos.
«Soy dueño de una vieja fábrica de ladrillos —escribió, falseando un poco la verdad—. Necesita arreglos. Con plazas de aparcamiento. Al borde de la carretera de Williamsburg. Costearé la remodelación.»


No habían pasado ni diez minutos cuando llegó la contestación. «Envíe datos personales de Lucia y más fotos. 
Y también una del edificio. ¿Es usted unos de esos horribles novios de Pau?»


Entró de nuevo en la tienda y le pidió a Paula que le hiciera una foto con Noelia.


—¡Pedro! —dijo ella—. No sé qué te traes entre manos, pero ahora no tengo tiempo para esto. Tenemos...


La besó en cuello de aquella manera que sabía que a ella le gustaba tanto.


—Por favor —le susurró.


Paula suspiró.


—Yo os haré una a los tres —dijo Lucia—. Poneos ahí.


Pedro cogió en brazos a su sobrina y se inclinó hacia Paula, con Noelia entre los dos. Ni Paula ni Noelia estaban sonriendo; querían volver a las telas.


—Pensad en las caras de las chicas McDowell cuando Noelia camine por la pasarela —dijo, y ambas sonrieron sinceramente.


Pedro le quitó la cámara a Lucia y salió corriendo de la tienda. Era una buena foto. Pero, por segunda vez en su vida, le preocupó su cara. ¿Sería lo bastante guapo para complacer a Juan Chaves? ¿O demasiado guapo? Un tipo que regentaba una ferretería podría pensar que era demasiado «bonito».


—No puedo evitar tener la cara que tengo —dijo en voz alta, y empezó a escribir: «Con mi sobrina. La familia que espero tener.»


Y envió la foto.


Esa vez la respuesta del señor Chaves tardó unos veinte minutos, y Pedro estaba seguro de haber estado conteniendo la respiración todo el rato. «Pau parece feliz. No le diga nada.  Estaré ahí después de aclarar este extremo. Haré la remodelación. Envíe más de Lucia.»


Pedro apoyó la espalda en el coche y dejó salir el aire. «Quizá —pensó—, solo quizá...»


—¡Pedro! —Le gritó Paula desde la puerta de la tienda—. Necesitamos tu ayuda.


Cuando llegó junto a ella, Paula le dijo:
—Esta noche me vas a contar qué es lo que pasa contigo.


—Salvo que sea capaz de distraerte —dijo Pedro de manera que pudiera oírle.






CAPITULO 39 (PRIMERA PARTE)



Al cabo de una hora Paula volvió al salón, donde Pedro estaba preparando una mochila para hacer una excursión y Ramon marinaba una carne de ternera con limón y especias.


—Tengo que volver a casa —dijo Paula.


La reacción de Pedro no se hizo esperar.


—Pero si el verano no ha terminado. Todavía te quedan semanas. Meses. Ruben quiere que regrese para trabajar, pero lo demoraré. Iré a Nueva York contigo y... —Se interrumpió porque Paula le estaba mirando fijamente.


—Me refiero a Edilean —masculló.


Ramon se estaba riendo por lo bajo.


—Ahora que el amigo Ken, aquí presente, ha colgado su corazón para que todo el mundo lo vea, ¿puedo preguntar qué pasa?


—Tengo que conseguir que Lucia empiece a hacer un vestuario completo para que Noelia lo lleve al pase de modelos.


Pedro trataba de superar su bochorno.


—Pero Savannah dijo que ella se iba a encargar de toda la ropa.


—Y si la conozco bien —metió cuchara Ramon—, será lo mejor que el estado pueda ofrecer. Probablemente su hija lleve algo con diamantes en la falda.


—Esa es la cuestión —observó Paula.


Los dos hombres la miraron con idéntica expresión de no entender de qué estaba hablando.


Pedro —dijo ella lentamente—, el año pasado, cuando fuiste a ver las heridas de Rebeca, pensaste que era muy divertido que Noelia llevara puesta un maillot de Mickey Mouse dos tallas más pequeña que la suya. ¿Cómo crees que se sentía ella con aquel atuendo? ¿Y por qué piensas que la «buena» de Rebeca no le dijo a su preciosa, despierta e inteligente prima que tenía que llevar un maillot para la fiesta circense?


—Ay —dijo Pedro—, supongo que no caí en la cuenta. ¿Así que planeas...?


—No confío en que Rebeca y su madre le vayan a dar a Noelia unos vestidos preciosos para que los luzca en el pase de modelos. Me rondan por la cabeza algunas espantosas visiones de monos y botas de caucho. Creo que lo más conveniente para Noelia sería que llegara con sus propios vestidos, diseñados exclusivamente para ella. En realidad, he estado preparando una línea completa de ropa llamada El ropero de Noelia.


Pedro parpadeó varias veces antes de comprender. No quería decir lo que pensaba de Savannah McDowell y su hija, pero estaba en su mirada.


—¿Cuánto tardarás en estar lista para salir?


—Tengo que hacer el equipaje y...


—¿Por qué no os vais vosotros ahora y yo os bajo la ropa esta tarde? —sugirió Ramon—. Y creo que deberíais...


Los dos le miraron.


—No sé mucho de niñas pequeñas, pero podría estar bien que Paula hiciera alguna prenda para que las demás niñas las llevaran en el pase. Y eso podría hacer que Noelia se sintiera menos marginada.


—Es una idea genial —admitió Paula—. Parece que sabes mucho de niñas mezquinas.


—He conocido a algunas. Anda, idos. Llevará una hora meter todas las muñecas Kirby de Noelia en el coche.


—Riley —le corrigió Paula, dirigiéndose al dormitorio.


Veinte minutos más tarde ya estaban listos para partir. Paula había metido a la remanguillé en una bolsa todos sus objetos de aseo, y hecho lo propio con los de Pedro y Noelia. Ramon estaba transportando el lote entero de animales y muñecas de Noelia al coche, y Paula no pudo resistirse a la tentación de hacerle una foto.


—Te la enviaré a Berkeley para que la utilices como reclamo para que se inscriban alumnos —dijo cuando entró en el coche—. En el pie se leerá: TAL VEZ PAREZCA DURO, PERO EN REALIDAD ES UN GIGANTE TIERNO.


—Como diría Nietzsche... —empezó a decir Ramon, pero Pedro arrancó el motor y ahogó su voz. Ramon cogió la indirecta—. Decidle a las chicas que les devolveré sus ollas esta tarde —gritó, por encima del ruido.


Cuando Pedro dejó atrás la cabaña, Paula le miró.


—Deduzco que «las chicas» son la señora Wingate y Lucia.


—Sí, así es —dijo él, echando un vistazo al retrovisor. Noelia, acurrucada con sus muñecos, ya estaba dormida—. Quiero que me cuentes todos tus planes —dijo.


—Preferiría que me hablaras de ti y de Ruben. ¿Cuándo hablasteis?


—Yo y mi bocaza. Después de que Ruben me viera bailar contigo sugirió que me ocupara de mi consulta para que pudiera regresar a donde quiera que haya estado trabajando últimamente.


—Y en vez de eso, nos trajiste a Noelia y a mí a la cabaña.


—Eso hice —dijo Pedro—. Además, Ruben tiene que hacer frente a sus problemas?


—¿Y que son...? —preguntó ella.


—Laura Chawnley.


—¿Estás de broma? —dijo Paula—. ¿Después de todos estos años sigue enganchado a ella? ¿Aunque esté casada con el predicador baptista y tenga hijos ya?


—En efecto —dijo Pedro—. Lo que pasa es que no la ha vuelto a ver desde el día que ella le dijo que no se iban a casar, y él es un miedica.


—Algo que seguramente le has dicho.


—Y disfruté mucho haciéndolo —dijo Pedro con una sonrisa de oreja a oreja.


Paula iba a seguir con sus preguntas, pero entonces su móvil empezó a zumbar.


—Parece que volvemos a tener cobertura. —Sacó el móvil del bolso—. Y tengo veintiún correos electrónicos. —Empezó a repasarlo—. ¡Oh, Dios mío! Una mujer de Nigeria ha decidido entregarme la fortuna de su difunto marido de dieciocho millones de dólares. Y todo porque se ha enterado de que soy una persona muy buena.


—Se lo dije yo —dijo Pedro con aire solemne.


—Entonces debería darle tu dirección de correo electrónico.


—No merezco tanta generosidad —dijo él, y se echaron a reír.


Paula pulsó sobre el número de Lucia, que respondió enseguida. Tardó solo un par de minutos en explicar lo que necesitaban.


—Disponemos solo de una semana. ¿Crees que podemos hacer algo en ese tiempo?


—Me parece que podemos montar un espectáculo que hará que Savannah McDowell se desmaye de envidia. Y a propósito, todo esto es cosa suya, no de su hija.


—Entiendo —dijo Paula, mirando a Pedro de reojo.


—Me reuniré contigo en Telas Hancock de Williamsburg —dijo Lucia—. Sé modificar patrones, pero no soy diseñadora. Además, tendremos que comprar tela.¿Cuántos vestidos has diseñado?


—Seis —dijo Paula—, pero Ramon cree que deberíamos hacer algunos más para las otras niñas.


—Me gusta la idea. Pero no podremos mantenerlo en secreto. Tendremos que decírselo a Savannah... y a Rebeca. No será fácil.


—Tienes razón, por supuesto —reconoció Paula, pensando—. Pedro es el maestro de ceremonias, así que él puede...


—Engatusar a Savannah con lo que sea. Logrará que acepte todo lo que él le proponga. ¡Ah, sí!, me encanta esto. ¿Cuánto tardarás en llegar a la tienda?


Pedro está con nosotros, así que tendremos que dejarle primero, y luego...


—Iré con vosotras —dijo él.


—¿Estás seguro? —preguntó Paula—. Mira que una tienda de telas no es exactamente un lugar para hombres.


—Creo que podré ir y seguir conservando mi masculinidad.


Paula se lo dijo a Lucia, y colgaron.


Durante un momento viajaron en silencio.


—¿Cómo está tu brazo? —preguntó ella.


—Duele, pero mejor. Paula, acerca de lo que dijiste antes...


—¿Cuando creíste que volvía a Nueva York?


—Sí. Te dije que ya era mayorcito y que podría soportar el dolor, pero ahora me parece que quizá no sea tan adulto como pensaba.


Paula miró por la ventanilla. En ese momento no fue capaz de imaginarse no estar con él. En tan poco tiempo habían llegado a involucrarse completamente uno en la vida del otro. Pero se tuvo que recordar que en ese momento aquella no era su verdadera vida. Su familia estaba en otra parte, y era imposible que pudiera ser fiel a su carácter, a lo que realmente era ella, en aquel pequeño pueblo. No podría vivir sin hacer algo creativo en su vida.


—De acuerdo —dijo Pedro, rompiendo el silencio—. Se acabó la seriedad. Cuéntame tus planes para Noelia.


Paula agradeció la tregua; no quería pensar en cosas tristes.


—¿Hasta qué punto conoces a esa mujer, Savannah? —empezó.


Cuando llegaron a la tienda de telas, Noelia estaba despierta y haciendo preguntas. Paula le contó la idea de Lucia de organizar un pase dentro del pase.


—Para los Davie del colegio —dijo Noelia, y Pedro soltó una carcajada.


Paula los miró con expresión perdida.


—¿Te acuerdas de las personas cuyos interiores y exteriores no corren parejos? —preguntó Pedro, y Noelia empezó a explicárselo.


Paula recogió su cuaderno de dibujo del suelo del coche.


—¿Crees que Davie podría pasar una camisa y unos pantalones cortos que son perfectos para una tarde de playa?


—¡Sí! —exclamó Noelia.


Necesitaron varias horas para conseguir todo lo que necesitaban en la tienda de telas. Lucia y Paula se echaron sobre los libros de muestras para encontrar las que mejor encajaran con lo que Paula tenía en mente, mientras Pedro se llevó a Noelia a la charcutería y a la librería cercanas.


Paula envió un mensaje de texto a Pedro cuando estuvieron listas para escoger las telas, así que él y Noelia regresaron a la tienda. A partir de ahí todo fueron discusiones entre
las tres mujeres mientras diseñaban una prenda tras otra, ora un vestido, ora una blusa, ora un pantalón.


—Y los sombreros —dijo Noelia—. Los sombreros van con todo.


—Creo que esta niña va a ser diseñadora de modas —le dijo Paula a Pedro.


—No —respondió él, inclinándose sobre el carrito que ya habían llenado de telas, accesorios y patrones—. Noelia va a ser médico.


Paula le miró con cara de pocos amigos.


—¿No te parece que debería ser ella quien eligiera su profesión?


Pedro se encogió de hombros.


—A veces es ella la que nos escoge. En nuestra familia, la Medicina es la que elige. Yo lo entendí; mi hermana, no; Noelia, sí.


Paula solo pudo mirarle con perplejidad. No había visto ni el menor indicio de que Noelia estuviera interesada en la Medicina. A la niña parecía gustarle el arte por encima de todo lo demás.


Pedro la estaba observando y sonrió.


—Noelia, ¿esto qué es? —Entonces se puso un dedo en la base del cuello por la parte de atrás.


—El bulbo raquídeo —respondió la niña sin apenas levantar la vista del rollo de tela que Lucia estaba sujetando.


—Yo no se lo he enseñado —explicó Pedro—, pero ahora te das cuenta de por qué mi hermana deja que pasemos tanto tiempo juntos.


—Sí, sois almas gemelas —dijo Paula, consciente de que recientemente había dicho eso mismo de ella y Noelia.


—Sí, aunque quiero que en su vida tenga algo más que la Medicina. No quiero que haga lo que yo, que eche los dientes mordisqueando un estetoscopio y leyendo textos médicos, en lugar de libros infantiles. Quiero...


Paula le puso la mano en la suya y se inclinó para darle un beso en la mejilla.


—Lo entiendo —susurró.


—¡Nada de besos! —dijo Noelia, haciéndoles reír.


Paula volvió a centrarse en las telas, combinando un ribete verde con otros rosa y blanco.


Pedro, aburrido con la tarea de agarrarse a los carritos, utilizó su móvil para hacerles una foto a las tres mujeres inclinadas sobre un montón de retales.


—Se la voy a enviar a la abuela —le dijo a Noelia—. ¿Te parece que se va a creer que estoy en una tienda de telas?


—Dile que estás practicando tus suturas —dijo Lucia.


Sonriendo, Pedro le escribió un mensaje de texto a su madre.


—Envíale una copia de esa foto a mi padre —dijo Paula, y le dio la dirección de correo electrónico.


Pedro escribió un breve mensaje genérico al padre de Paula, pero luego lo borró. ¿Cómo era aquel refrán acerca de que el que quiere peces ha de mojarse el culo? Respiró hondo para infundirse valor, y empezó a escribir: «Apreciado señor Chaves, me llamo Pedro Alfonso. Soy el único médico de este pequeño pueblo y estoy enamorado de su hija, con quien me quiero casar. Pero ella dice que va a volver a Nueva York. ¿Cómo podría convencerla para que se quedara?»


Antes de que perdiera los nervios, envió el mensaje.


—¿Se lo has enviado? —preguntó Paula.


—Por supuesto —respondió—. Se lo envié. Tal vez haya enviado el mensaje de mi vida. De toda mi vida.


—¿Qué quieres decir?


—Nada. ¿Tengo que pagar esto?


—Por supuesto —dijo Paula, y entonces Lucia le pidió que echara un vistazo a un algodón azul.