martes, 29 de marzo de 2016

CAPITULO 47 (PRIMERA PARTE)






El día que empezaba la sexta semana desde que Paula se hubiera marchado de Edilean, sonó el timbre de la puerta.


—¡Mantenimiento! —gritó una voz masculina desde el otro lado de la pesada puerta.


Paula se estaba comiendo un panecillo y estaba a punto de marcharse al trabajo. Ignoraba qué clase de mantenimiento necesitaba su piso, aunque por otro lado las normas del edificio no paraban de cambiar. Abrió la puerta con una mano y cogió la carpeta con la otra.


—Tengo mucha prisa —le dijo al hombre parado junto a la puerta—. ¿Le importa...? —Se interrumpió porque era su padre, y su actitud era la que ella conocía tan bien, con su cinturón de herramientas y un martillo apoyado en la cadera.


Si alguien le hubiera preguntado, Paula habría dicho que se había recuperado muy bien de la ruptura con Pedro. Pero la visión de su padre demostró que no se había recuperado en lo más mínimo. En un segundo pasó de ser una mujer adulta a convertirse en una niña pequeña.


Dejó caer al suelo el panecillo a medio comer y la carpeta, le echó los brazos al cuello a su padre, y al final, por fin, empezó a llorar.


Su padre, que era más bajo que ella, aunque más ancho con diferencia, cerró la puerta de una patada, cogió en brazos a su hija y la llevó hasta el sofá.


—No me ha llamado ni una vez —le estaba diciendo, llorando como una magdalena—. No hizo ningún esfuerzo por intentar que me quedara.


Su padre le entregó un montón de pañuelos de papel de una caja que había en la mesa de café.


Paula siguió hablando.


—Sé que no tiene ningún sentido que quiera que me siga... ni yo a él. Si hubiera aparecido en la puerta, se la habría cerrado en las narices. Fue algo terrible que me comprara un estudio. Sabía que no me iba a quedar. Se lo dije desde el principio. Aunque quizá podría haber pintado allí. En Edilean, quiero decir. Lo que hice allí es lo mejor que he hecho en toda mi vida. Quizá podría haber seguido haciéndolo. No al lado de la ferretería por supuesto, porque harías que me encargara de la caja registradora, pero en alguna otra parte. ¿Sabes lo que hago ahora? Dirijo toda la maldita galería, eso es lo que hago. Me paso los días contemplando el trabajo de los demás artistas, y llevo semanas sin coger un pincel. Podría haber pintado más cuadros de verdad en Edilean, y puede que Pedro y yo hubiéramos resuelto eso, pero me puso tan furiosa que no pude pensar. Y en cuanto a ti... —No supo qué decir de la traición de su padre—. Pedro me odia, ¿verdad?


Como su padre guardara silencio, le miró.


—Creo que está loco por ti —le dijo su padre—. Pero tu doctor Pedro se marchó del pueblo poco después de que te fueras tú y nadie sabe adónde fue. Livie pensó que había subido a la cabaña, pero fue hasta allí y solo estaba aquel profesor.


Paula tardó un momento en comprender lo que le estaba diciendo.


—¿Livie? ¿Has visto a la señora Wingate?


Juan asintió con la cabeza.


Paula se sentó, se sonó la nariz, se secó los ojos y miró a su padre.


—Suéltalo ya —le espetó—. Lo que has estado tramando, y no te comas una palabra.


Juan miró por el piso, hacia los grandes ventanales de cristal.


—Bonito lugar. ¿Tienes más panecillos? Ha sido un largo viaje desde el sur.


—¿Desde el sur? ¿Es que vienes de Edilean? —Paula fue a la cocina a prepararle el desayuno a su padre. Querría beicon y huevos con el panecillo, salvo que no tenía beicon.


Su padre se movió para sentarse en un taburete al otro lado de la encimera.


—¿Has reparado en que hoy hace justo seis semanas que te marchaste en una de tus rabietas?


—No tuve... —Paula agitó la mano—. Estaba muy enfadada con vosotros dos.


—Bueno, ese novio tuyo se puso más que furioso conmigo. ¿Cómo iba yo a saber que no te gustaría que abriera una tienda en ese pueblecito?


Volviéndose, Paula lo miró con los ojos entrecerrados.


Juan le dedicó una sonrisa tendenciosa y soltó una pequeña carcajada.


—De acuerdo, puede que sí lo supiera. Puedes estar segura de que ese novio tuyo sabe guardar un secreto.


—No es mi novio. Llevo sin verle ni tener noticias de él desde hace semanas.


—Si vas a empezar a llorar de nuevo, deberías coger un rollo de papel higiénico.


—No voy a llorar más —dijo Paula—. Quiero que me cuentes qué ha estado pasando. Cuando dices que Pedro sabe guardar un secreto, ¿a qué te refieres?


—No te contó nada sobre la compra de la ferretería, ¿no es así? ¿Viste aquel edificio? Cuando acabe con él, será el fin de Home Depot y Lowe’s.


Paula cascó tres huevos y los echó en una sartén mientras escuchaba a su padre con todo lo que sabía de él. Tenía mucho que contarle, aunque allí había algo más. ¿Su padre tenía... qué? ¿Miedo? ¿Era esa la emoción que anidaba en sus palabras? ¿Qué diantres podría asustar a Juan Chaves? 


Cuando su esposa murió y le dejó con dos hijos de corta edad que criar, uno de ellos una niña que había nacido con sus propias opiniones, no se había arredrado.


—Papá—dijo Paula lentamente—, ¿por qué no me cuentas lo que estás ocultando?


El hombre esperó a que ella sacara los huevos de la sartén. 


Con la yema poco hecha, como a él le gustaban.


—Me quiero casar con Lucia.


Paula se hubiera esperado cualquier cosa, salvo eso.


—¿Con Lucia? ¿Lucia Cooper? ¿La que vive en casa de la señora Wingate?


—La misma.


Paula se sentó en el taburete contiguo al de su padre. Verle comer le resultaba muy familiar y le maravilló lo mucho que se alegraba de verle.


—Pero... —No se le ocurrió nada que decir. Asimilar que su padre quisiera volver a casarse no era moco de pavo. Lucia, una mujer a la que ella ya quería, iba a ser su madrastra.


—Esto... —empezó a decir Paula—. Háblame de Lucia. Nunca pude sacarle nada de su vida personal, y Pedro no sabe... digo, no sabía nada. —Tenía que parar eso o empezaría a berrear de nuevo.


—No sé—dijo Juan—. Lucia tampoco me ha contado nada a mí.


—Pero ¿te quieres casar con ella?


—Sí. Trasladé mi trabajo allí donde está la mujer que quiero.  —Su padre le sostuvo la mirada.


Sabía que la estaba criticando, juzgando, escarmentando, y, sobre todo, estaba diciéndole lo que pensaba de que hubiera huido de Pedro.


—Papá—dijo—, decidiste abrir una nueva ferretería antes siquiera de conocerla.


—¿Eso crees? —Sacó su móvil del bolsillo. La foto del salvapantallas era aquella de Lucia que Paula le había enviado. «Domingo en la casa Wingate», había escrito ella.


Paula tuvo que admitir que Lucia tenía muy buen aspecto, y pensó en todo lo que le había contado de ella a su padre. 


Lucia sabía cocinar tan bien como cosía. Y luego estaba lo de la barra de baile; eso no se podía olvidar. Sí, Paula se dio cuenta de que su padre pudo enamorarse de Lucia antes de conocerla.


—¿Y dónde estás viviendo ahora? —Detestó oírse preguntar eso. Su padre siempre había vivido en la misma casa, trabajado en la misma tienda; resultaba desconcertante pensar que estuviera en otra parte.


—En casa de Livie.


—¿En mi apartamento?


—No, estoy en el que estaba vacío. La mayor parte del tiempo estoy con Lucia. —Sus ojos brillaron.


—Ni siquiera se te ocurra entrar en detalles —le dijo Paula. Respiró hondo—. Y si estás en Edilean, ¿por qué no has visto a Pedro?


—Ya te dije que se marchó.


—¿A qué te refieres con que se marchó?


—A los pocos días de que salieras corriendo se marchó del pueblo. Ese otro chico médico, Raul...


—Ruben.


—Sí, él. Ruben ha estado atendiendo a los del pueblo. Karen me dijo que fue el que te rompió el corazón la primera vez que fuiste a Edilean. Y, efectivamente, cuando volviste a casa parecías un alma en pena.


—Ruben no me rompió el corazón, y de todas formas era una cría.


—No según tú entonces. Quien te hubiera oído hablar habría dicho que tenías cuarenta y cinco años y eras una mujer de mundo.


Paula abrió la boca para defenderse, pero entonces se echó a reír.


—Te he echado de menos.


—¿Ah, sí? —El hombre estaba limpiando el plato con su segundo panecillo—. Yo también he pensado en ti. ¿Lista para volver a casa?


«A casa», pensó Paula. ¿Ahora eso significaba Edilean? No pudo por menos que sentir que si Pedro la hubiera querido realmente habría... bueno... al menos la habría llamado. Aunque, por otro lado, era ella la que había perdido los papeles y huido.


Como siempre, su padre supo lo que estaba pensando.


—Ese muchacho se rinde con bastante facilidad, ¿verdad?


Paula tuvo que esforzarse para contener otro estallido de lágrimas.


—Me lo tuve merecido —consiguió decir—. Fui yo quien le dejó.


—Cualquier hombre que te deje huir sin dejarse la vida para evitarlo no te merece.


—Oh, papá—dijo, y entonces sí que empezó a llorar de nuevo.


Juan la condujo hasta el sofá y le entregó el último pañuelo de papel de la caja.


—Antes de que inundes la casa hay algo que tengo que enseñarte. —Se metió la mano en el cinturón de herramientas que seguía llevando (luego tendría que preguntarle cómo había conseguido pasar el sistema de seguridad del edificio), y sacó una carta doblada. Estaba sucia, deteriorada y arrugada.


—¿Hace tiempo que la tienes, no? —preguntó ella, levantando una ceja.


—Hubiera venido antes, pero ese chico me hizo jurar que no te vería antes de seis semanas. Me dijo que necesitabas estar algún tiempo alejada de todos nosotros para poder tranquilizarte.


—¿Pedro te dijo eso?


—Sí. Hablé un poco con él cuando llegué a Edilean y me cantó las cuarenta. Jamás en mi vida me habían echado una bronca tan descomunal. Hasta me enseñó algunas palabrotas nuevas?


—¿Quién, Pedro? ¿Tacos? Si es tan amable y encantador.


—No cuando pensó que le había engañado para provocar que salieras huyendo. Creo que algunas de aquellas palabras eran términos médicos, pero sí que le entendí cuando me dijo dónde podía meterme ciertas partes del edificio.


—¿Que le engañaste para provocar que yo saliera huyendo? —preguntó Paula, levantando la voz—. Por culpa tuya yo...


—¿Por qué no lees primero la carta y me gritas después? Al hombre que te la escribió le costó Dios y ayuda dar contigo. Hablé con él por teléfono, y me contó que cierta mujer llamada Savannah le dijo que eras una diseñadora de Nueva York. Chambers probó en Nueva York, luego en Nueva Jersey y en dos direcciones de Edilean antes de encontrarte... pero para entonces, ya te habías esfumado del pueblo.


Paula le lanzó una mirada que le dijo que todavía no había acabado con él, y abrió la carta. Un tal Henry Chambers, propietario de seis marcas de ropa, le decía que llevaba tiempo considerando la posibilidad de iniciar una línea de ropa infantil. Su hija vivía en Richmond, donde tenía una pequeña boutique de ropa exclusiva para mujer, «todo fabricado por mí», decía el señor Chambers.
Ella y mi nieta fueron invitadas a la fiesta de cumpleaños de los McDowell y asistieron a su desfile de modas.
Me gustaría hablar con usted sobre la posibilidad de que diseñara para mí. Podrá llamar a su línea El ropero de Noelia o Club de las Triunfadoras, como más desee. Mi hija dice que el nombre es lo de menos, porque la ropa se venderá sola. Algo que, viniendo de ella, es un gran elogio.
Vivo en el norte del estado de Nueva York, así que si estuviera interesada, llámeme y podemos concertar una cita.


Paula leyó la carta dos veces antes de levantar la vista hacia su padre.


—¿Esto es en serio?


—Lucia le buscó en internet, y es alguien muy importante en el sector de la confección. Un simpático joven de más o menos mi edad. Lucia me habló durante horas de lo que habías hecho para sacar adelante aquel desfile, así que le llamé.


A Paula se le empezó a nublar la mirada al recordar los felices días previos al desfile de modelos.


—Puedes trabajar en cualquier parte —dijo Juan, clavándole la mirada.


Paula estaba leyendo la carta de nuevo.


—Te refieres a que puedo abrir una tienda en la gran sala contigua a la ferretería.


—Ese sería el primer sitio que elegiría, pero si tú... —dijo su padre sin que en su voz pudiera percibirse otra cosa que súplica, ni el menor atisbo de cachondeo o pitorreo. Paula estaba escuchando por fin el tono lastimero que había querido oír en él, su disculpa—. Cuando hice que tu médico comprara ese edificio no era mi intención...


Paula no pudo soportar oír el resto de la frase. Pensó que había querido oír una disculpa, pero no era así. Lo único que Juan había deseado era estar cerca de su hija; y, para conseguirlo, había renunciado a la tienda que había constituido toda su vida. Le agarró con fuerza la mano llena de cicatrices de años de trabajo y endurecida por el acero y la madera.


—Está bien, papá. De verdad. Comprendo las razones que te movieron a hacerlo. Pero...


—Pero ese estúpido muchacho ha huido —dijo Juan, con un dejo de indignación en la voz—. Uno pensaría que un hombre que es capaz de decir semejantes palabrotas tendría algún valor, que sería...


Paula le apretó la mano.


—No pasa nada. Supongo que yo no era tan importante para él como pensaba que lo era. Y todo fue culpa mía.


—¡Eh! —dijo Juan—. ¿Desde cuándo son las mujeres las que dan el primer paso? ¿Crees acaso que dejé que Lucia llevara la voz cantante? ¡Pues claro que no, carajo! Le dije cómo iban a ser las cosas y que lo único que se le permitía era decir sí.


Paula miró a su padre a los ojos y lo único que vio fue terror en estado puro.


—Todavía no se lo has pedido, ¿verdad?


—¡Señor! ¡No! —admitió el hombre, y se pasó la mano por la cara—. Estoy que me muero de miedo.


—Papá, ¿qué te parece si me tomo el día libre en la galería y vamos en coche a visitar al señor Chambers? Y creo que también deberíamos ir a ver a Juan y a los niños. Me dijo que había hecho algunos cambios en la tienda.


—¡No empieces con eso! —dijo Juan, mientras ella se levantaba para coger el móvil. Cuando empezó a quejarse de lo que le habían hecho a su tienda, el miedo empezó a desaparecer de su mirada.





lunes, 28 de marzo de 2016

CAPITULO 46 (PRIMERA PARTE)




Se sumió en un sueño intranquilo, y no se despertó hasta que la alarma antirrobo saltó y luego se apagó rápidamente.


—¡Paula! —dijo una voz tranquila y solemne—. Esperaba que fueras tú. La empresa de seguridad me avisó de que anoche había habido actividad.


Le costó salir de su profundo sueño, pero la voz era de una persona que no podía ignorar. Levantó la vista y vio a Gabriel Preston —el padre de Agustina— que la miraba fijamente desde las alturas. Y puesto que el hombre medía un metro noventa y tres, las tales alturas no eran pocas. Detrás de él estaba su secretario, un joven alto y guapo que cambiaba cada año, y su guardaespaldas, un joven adiestrado en diversas formas de combate.


—Lo siento —dijo Paula, esforzándose en ponerse de pie. El largo viaje y la dureza del banco, combinados con el trauma emocional, le habían pasado factura a su cuerpo.


El señor Preston seguía mirándola de hito en hito. Agustina decía que por lo que ella sabía, su padre no había sonreído en toda su vida. Se acababa de divorciar de su cuarta esposa, y su hija decía que ya andaba buscando una más joven.


—Los ojos rojos. Y durmiendo en un banco —dijo el señor Preston—. ¿Ruptura con el novio?


—Sí —admitió Paula, que sintió que las lágrimas le anegaban los ojos. Todavía no era totalmente consciente de lo que había ocurrido en su vida, ni capaz de convencerse de que Pedro no fuera a entrar por la puerta.


El señor Preston vio las lágrimas no derramadas y se apartó.


—¿Qué tal un poco de trabajo para apartar la cabeza de los problemas?


—Me gustaría —reconoció ella.


—Mi hija ha decidido que quiere que le compre una casa en... —Echó un vistazo a su secretario.


—Tuscany —dijo este.


—Eso —corroboró el señor Preston—. Agustina vio una película o leyó un libro o lo que fuera. Así que ella y ese tipo con el que se casó van a quedarse allí. Puedo vender esta galería o la puedes dirigir tú, Paula. ¿Qué quieres hacer?


—Dirigirla —respondió, aunque sin mucha convicción.


El señor Preston se volvió para mirarla.


—¿Has pintado algo mientras estabas en... dondequiera que estuvieras? —Hizo un gesto con la cabeza hacia la caja de pinturas que había llevado la noche anterior.


—Algo, no mucho —reconoció—. Estuve trabajando en otras cosas. —No dio más detalles, porque no quería aburrir al hombre, aunque pensó en la campaña publicitaria de Karen y en toda la ropa infantil que había diseñado.


—Cuelga tus pinturas —dijo Preston mientras se dirigía hacia la puerta. Se volvió hacia su secretario—. Llame a Boswell y dígale que redacte los documentos.


El guardaespaldas le abrió la puerta, y el señor Preston se detuvo.


—Bienvenida a casa de nuevo, Paula —dijo, y se marchó seguido de su séquito.


Paula se sentó en el banco.


—Una puerta se cierra, y otra se abre —masculló. Su primer impulso fue dejarse caer sobre el banco y empezar a llorar.
Pero no podía permitirse sucumbir a ello. Se había arrojado a los brazos de Pedro con los ojos abiertos; desde el principio le había dicho —y se había dicho así misma— que aquello no podía funcionar. Había advertido a Pedro que al final del verano se marcharía. Él le había dicho que podría soportar el dolor. En su ingenuidad, Paula no había pensado en su propio dolor.


Hurgó en su bolsa en busca del móvil. ¿Cuántos mensajes le habría dejado Pedro? ¿Y su padre? ¿La llamaría para disculparse por haber conspirado con Pedro a espaldas suyas?


Cuando vio que no había mensaje alguno de ninguno de los dos se quedó perpleja. Ningún mensaje de voz ni correo electrónico ni mensajes de texto. Comprobó el listado del teléfono; ninguna llamada perdida ni de uno ni de otro.


Estaba allí sentada con cara de perplejidad, incapaz de decidir cuál era el significado de aquello, cuando el teléfono de la galería sonó. Era el señor Boswell, el abogado que llevaba todo lo relacionado con Agustina, que quería pasarse con los nuevos contratos.


—Y hay un piso que puedes utilizar hasta que recuperes el tuyo.


—Muy bien —dijo Paula.


El abogado titubeó un instante.


—Olvídate de tu antiguo piso. Creo que deberíamos conseguirte algo en el edificio Preston. Vas a tener un aumento de sueldo considerable.


—Bueno —dijo, pero sin ningún entusiasmo.


El señor Boswell guardó silencio.


—Me he enterado de que has roto de mala manera.


Paula no fue capaz de articular palabra. Si lo hacía, se echaría a llorar. Le parecía increíble que Pedro ni siquiera la hubiera llamado.


—¿Qué te parece si te doy tanto trabajo que no tengas tiempo para pensar? —preguntó el hombre.


—Es lo que necesito.


—De acuerdo —dijo él—. Haré que alguien llame a los artistas y les diga que has vuelto a abrir. Te bombardearán con historias lacrimógenas sobre lo tristes que han sido sus vidas por haber cerrado la galería.


Ni siquiera se tomó la molestia de defenderse, señalando que no había sido ella quien la cerrara.


—Veo que estás bastante fastidiada —dijo el señor Boswell—. Tengo que arreglar algún papeleo, y luego me pasaré por ahí para llevarte a comer. Y otra cosa, Paula.


—¿Sí?


—La gente no se muere realmente por un corazón roto. Y da la sensación de que es lo que te va a pasar.


—Supongo que ya lo averiguaré, ¿no? —dijo ella, y colgó.


El señor Boswell cumplió lo prometido. Treinta minutos más tarde, había tres artistas en la galería con los brazos llenos de lo que habían hecho en las últimas semanas. Y como había predicho el señor Boswell, la culparon por el cierre de la galería.


—Podrías haber hablado con Agustina—le dijeron—. O al menos haber intentado convencerla.


Al principio les explicó que había querido disponer de tiempo para realizar su propia obra, pero a la tercera acusación desistió.


—Así soy yo. Egoísta hasta la médula. Bueno, ¿qué tienes para enseñarme?


A la una llegó el señor Boswell acompañado de una joven que acababa de terminar la carrera de Bellas Artes.


—Esta es tu Paula, tu ayudante perfecta —dijo el abogado, y antes de que pudiera replicar, la acompañó fuera de la galería.


Comieron en un pequeño restaurante italiano, y el señor Boswell no le dio ni una oportunidad de pensar en lo que había sucedido en su vida. Trató de entretenerla con anécdotas de Agustina, que había estado a punto de hacer enloquecer a su padre desde que se marchó.


Pero Paula no estaba de humor para reírse. Prestó atención a las historias, sí, pero cada pocos minutos consultaba subrepticiamente su móvil. Ningún mensaje.


Regresó a la galería. Le habían dicho que la joven se llamaba Delia, pero no preguntó más que eso. Pasaron toda la tarde revisando cuadros y pequeñas esculturas.


—¡Estas son fantásticas! —exclamó Delia—. ¿De quién son? No están firmadas.


Delia había abierto el maletín de Paula y había sacado la obra que había hecho en Edilean. Sobre el suelo había extendidas como unas treinta obras, entre pinturas y dibujos de Pedro. En uno estaba sosteniendo a Noelia en brazos; en otro, levantaba la vista de un libro y su mirada rezumaba amor. Paula sabía que la había estado mirando.


—Háblame de esta preciosidad —le pidió Delia—. ¿Es un modelo profesional?


—No —respondió Paula ásperamente—. Es médico y... —Empezó a recoger las pinturas—. Esto no es para exponer.


—Pero se venderían. Quiero comprar esa en la que levanta la vista del libro. Si un hombre me mirara así, yo... —Se interrumpió porque Paula le lanzó una mirada asesina—. Ay. ¿Es con el que el señor Boswell dijo que habías «roto de mala manera», no?


Paula no respondió, solo guardó las pinturas. Claro que quería venderlas, pero en ese momento no podría soportar pasar sus días sin mirar a Pedro.


A las cinco, el señor Boswell envió a un joven para que llevara a Paula a mirar pisos, y a ella no le sorprendió que el chico le dijera que estaba soltero. Según parecía, el señor Boswell estaba tratando de remendarle el corazón con otro hombre.


Se quedó el primer piso que vio. Estaba en un edificio propiedad del señor Preston, y tenía un balcón y varias ventanas con una bonita vista. Era la clase de piso que haría las delicias de cualquier neoyorquino, aunque Paula apenas le prestó atención. Tenía algunos muebles pero no ropa de cama. El joven se ofreció a ir de compras con ella y luego llevarla a cenar, pero Paula rechazó sus ofertas.


Salió a comprar sábanas y toallas, y cuando regresó estaba demasiado cansada para ponerlas. Desplegó una sábana, la extendió sobre la cama, comprobó el teléfono —nada— y se fue a dormir.


Por la mañana, al comprobar que seguía sin haber ningún mensaje de Pedro, se sintió un poquito mejor. Si él podía cortar con ella tan fácilmente, ella también podría.


Se duchó, se puso los vaqueros y salió a desayunar. Camino del trabajo se detuvo en una tienda y renovó su vestuario por otro más adecuado. Cuando salía de la tienda y vio su reflejo en un escaparate, pensó que tenía un aspecto más neoyorquino que de Edilean.


Cuando llegó a la galería, había dos artistas esperándola con los brazos llenos de sus trabajos.


—Este es bueno —dijo Delia—. Me gusta. Aunque espero que alguien le pisotee la cera de color azul.


Estaban viendo una serie de paisajes al óleo. En parte eran modernos, y en parte tributarios de la escuela de Ashcan, y además tenían un ligero toque daliniano. Lo que los homogeneizaba era lo que parecían ser unas mil tonalidades de azul.


—Este tío se enteró de que Picasso tuvo su Período Azul y quiere que su biógrafo diga lo mismo de él —dijo Paula.


—O ve Avatar seis veces al día —dijo Delia—. Además, tiene un ego más grande que eso. Lo suyo es biógrafos, en plural.


—¿Crees que ya habrá escogido el emplazamiento para la biblioteca que levantarán en su honor? —preguntó Paula, y su ayudante se rio.


Paula se mantuvo a distancia y examinó los cuadros. En las semanas que habían pasado desde que volviera de Edilean se había esforzado en relegar sus emociones a un segundo plano. No había tenido un éxito rotundo, pero empezaba a recuperarse.


Durante esas semanas no había tenido noticias de nadie salvo de Karen, que se había negado a mencionar siquiera a Pedro.


—No voy a decir: «Ya te lo dije»—le había soltado su amiga.


—Lo sé—había respondido Paula—, pero tienes todo el derecho a decirlo.


—No, no lo tengo. Lamento... —No había terminado de decir lo que lamentaba. En vez de eso, habían hablado del trabajo. Llegaron a un pacto de silencio para mantener sus
conversaciones lejos de los hombres.


A Paula le dolió que la señora Wingate y Lucia parecieran no querer saber nada de ella. Había creído que se habían hecho amigas, pero según parecía no había pasado de ser una simple inquilina.


Lo de Lucia fue lo peor. En la única llamada que habían mantenido, se había comportado como si Paula fuera un enemigo tratando de sonsacarle información.Paula no la había vuelto a llamar, y después de tres correos electrónicos que Lucia había respondido fríamente y sin entusiasmo, también había dejado de enviarlos.


Cuando llamaba a la señora Wingate, la mujer se mostraba encantadora, pero ya no había más risas sobre la barra de baile ni información sobre la casa de muñecas, ni tampoco comentario alguno acerca de Pedro o Noelia ni sobre nadie que Paula hubiera conocido en Edilean.


Esas llamadas también cesaron.


Pero lo más doloroso, lo profundamente doloroso, era lo de su padre. Durante dos semanas, había estado tan furiosa con él que lo único que había querido oírle era una miserable disculpa. Que se arrastrara. Que le suplicara perdón.


Pero no había habido nada, ni un mensaje, del tipo que fuera, y por supuesto ninguna disculpa. Con el tiempo, pese a su firme decisión, Paula empezó a ablandarse con su padre.


Al final de tres semanas de silencio, un sábado por la tarde llamó a la casa de Nueva Jersey. Para su horror, fue Garciela la que contestó, y Paula estuvo a punto de colgar.


—No está aquí —le informó su cuñada—, y no estará...


Juan le había arrancando el teléfono a su esposa.


—Eh, Pau, chiquilla, ¿cómo te va en Nueva York?


—Igual que siempre. ¿Dónde está papá?


—De viaje.


—De viaje, ¿dónde?


—Bueno, ¿y cuándo nos vienes a hacer una visita? Los niños te echan de menos. Y tengo algunos pequeños arados que hay que limpiar.


—Juan, deja de eludir mis preguntas y dime dónde está papá.


—Bueno... verás... Paula... me pidió que no te contara nada sobre él.


Paula estaba perpleja.


—¿Que hizo qué?


—Mira —dijo su hermano—, te llamará más tarde, ¿de acuerdo? No te preocupes por nada. Ya no está furioso contigo. Tengo que cortar. Ven a vernos. O consulta internet. Hemos puesto las nuevas fotos que le hicimos a la tienda. Agur, hermanita.


—Adiós, Bulldog —dijo ella, pero su hermano ya había colgado.


Se quedó allí unos minutos, incapaz de pensar con claridad. ¿Que su padre ya no estaba furioso con ella? Pero si era ella la que tenía derecho a estar furiosa. Era él el que había traspasado los límites de...


¿A quién estaba engañando? En lo tocante a sus hijos —especialmente a su hija— las intromisiones de Juan Chaves no conocían límites.


A la cuarta semana, Paula estaba empezando a recuperarse. Si las personas de Edilean no querían saber nada de ella, no las molestaría. Así que dejó de llamarlas, dejó de intentar mantener el contacto con ellos. En vez de eso, puso los cinco sentidos en la labor de conseguir que la galería volviera a funcionar. Organizó un cóctel donde solo dio de beber champán, e invitó a algunos de los amigos más ricos del señor Preston. Fue un gran éxito.


Delia le dijo:
—Si hubieras colgado tus cuadros, también los habrías vendido.


—Hay cosas más importantes que vender tu obra —dijo Paula.


Puesto que Delia tenía su propia obra y deseaba exponerla desesperadamente, no entendió lo que Paula quiso decir.


Paula sabía que Delia estaba en la misma situación que ella hacía unos meses. Cuando había ido a Edilean, lo único que había deseado era pintar cuadros que pudiera vender. En ese momento... La verdad es que ya no parecía saber qué deseaba.


Echaba de menos a Pedro, a Noelia, a su padre y a la señorita Wingate y Lucia... y a aquel pequeño pueblo que solo tenía un semáforo. Pero ellos ni siquiera parecían haber vuelto a pensar en ella.